Acerca de apuntarseaunpeine

Observo, anoto y escribo. No siempre en ese orden y no tanto como me gustaría.

Colorín colorado

La primera vez que la vi caminaba detrás de la directora, lenta y desganada.

Habían entrado las dos en el aula, interrumpiendo la lección de tiempos verbales de doña Encarna. La directora la presentó: su nombre era Olga, se incorporaba a la clase en noviembre porque venía de otra ciudad y teníamos que ser amables con ella.

Debía de tener un par de años más que nosotras; su pecho estaba notablemente más desarrollado y llevaba el uniforme ceñido con un cinturón fino a la cintura, marcando unas enormes curvas.

Le indicaron que se sentara; ella echó un vistazo a la clase y eligió una mesa delante de mí. Antes de ocupar su asiento, me dedicó una mirada divertida y guiñó un ojo. Por un momento, sentí que la nueva era yo.

A los pocos días, Olga ya era el tema de conversación preferido del patio. Se hablaba mucho del tamaño de su trasero y del olor de su ropa: su familia regentaba el bar de la Unión Musical y ella pasaba muchas horas en la cocina, impregnándose del humo de fritangas, churros y tortillas.

Esto, que había dado para varias risas y algún proyecto de apodo- “la croqueta” era el más aplaudido- quedó en un segundo plano cuando empezó a extenderse el rumor de que, por las tardes, Olga iba al sótano del colegio a enseñar posturas francesas- la precisión geográfica fue cosa de Charo, la delegada – a los chicos. Por lo visto, algunos se iban turnando como modelos mientras el resto miraba y se metía la mano por debajo del pantalón. Si alguno se atrevía a tocarla sin su consentimiento, recibía un sopapo.

Cada dato que alimentaba la leyenda negra de Olga hacía crecer mi curiosidad hacia ella, y la simpatía parecía ser mutua; no pasaba un día sin que, al cruzarse conmigo por el pasillo, me guiñara un ojo. Yo empecé a responder a los guiños con una amplia sonrisa que ella parecía agradecer. Y así fue como poco a poco, guiño a guiño, nos fuimos haciendo algo así como amigas; una extraña pareja, sin duda.

Una tarde, decidí llevarla a casa a merendar; puse un casette de Nikka Costa y le enseñé mi colección de Barriguitas. Ella acabó el colacao y sacó de la mochila un paquete de tabaco. “¿Fumas?” por mi cara de espanto debió de imaginar que no y que, en mi opinión, ella tampoco debería hacerlo.

Fue entonces cuando sucedió por primera vez: detrás de mi diadema empezó a crecer algo parecido a unas antenas, mis extremidades adelgazaron y poco a poco mi cuerpo empezó a menguar un metro, medio metro más, hasta quedar reducido a pocos centímetros; fui adquiriendo un tono verde y una chistera negra salió de mi cabeza como en un truco de magia invertido. Pepita Grilla había hecho su aparición y ya no nos abandonaría en mucho tiempo.

A Olga le pareció muy graciosa mi metamorfosis y estalló en carcajadas. Yo daba vueltas por la habitación, histérica, intentando adaptarme a mi nuevo tamaño. Ella me cogió con cariño y me depositó en su hombro.

– Vale, ahora eres mi conciencia; la que me espera…jajajajaja

– Olga, no sé qué hago aquí pero creo que no debes reírte, esto es muy serio

– ¿Ves? Una plasta…jajajaja

– Debería llamar a mis padres y que me lleven al hospital

– Debería, debería…joder Sonia, para ya.

Abrió la puerta de la habitación y salió por el pasillo, despidiéndose de mi madre con la mano. Yo, encaramada a su hombro, sentí una descarga de adrenalina que todavía no sé describir. El olor a patata frita era intenso desde mi posición, pero no se estaba nada mal.

Caminó por la alameda y entró en los recreativos Jovi II. Fue directa a la máquina de música y puso “Sweet dreams”, de Eurythmics. Empezó a sacudir fuertemente las caderas, haciendo que me tambaleara y acercándose al dueño del local, al que engatusó para que le regalara una partida de comecocos.

Jugamos tres partidas y a la cuarta perdimos, muriendo devoradas por un monstruo de colores.

El mismo hombre que le había invitado a jugar se acercó y le dijo algo en el oído. Como yo estaba situada en el hombro contrario no pude escuchar nada, pero Olga dejó la máquina y se dirigió a un cuarto con él. Allí había dos chicas más, me sonaban del barrio.

– Olga, esto no me gusta nada; vámonos de aquí.

– Chica, relax; yo controlo.

El hombre puso un fajo de billetes en el bolsillo de cada una y les dio una dirección; por lo visto se iba a celebrar una fiesta esa noche y ellas tenían que arreglarse y ser amables con los hombres.

– Olga, ni se te ocurra. Tengo miedo.

– Mira grillo, tú no tienes que venir; es mi vida y no te metas.

– Yo no he decidido ser tu conciencia.

– Yo menos, así que ya te estás largando.

Me encajé la chistera y bajé como pude de su hombro, saliendo rápidamente por la puerta. Al abandonar los recreativos recobré mi forma humana y me dirigí a casa, aliviada por ser yo de nuevo pero con una sensación de vacío en el estómago.

Esa noche me acosté preocupada, y después de media hora de dar vueltas en la cama decidí salir de casa sin que me vieran mis padres. Conocía la dirección que el hombre de los recreativos había indicado y me dirigí hacia allí con el corazón en la boca.

Se trataba de un local con luces de colores y un vigilante de seguridad en la puerta. Pensé que me sería imposible entrar, pero cerré los ojos y conseguí volver a mi forma de grillo sin mucha dificultad. Me colé por debajo de la puerta y busqué a Olga por toda la estancia; de repente un barullo llamó mi atención y pude presenciar una escena que nunca olvidaré: varios hombres reían mientras jugaban con tres burros que, enloquecidos, daban saltos por todo el local. Uno de los animales era especialmente voluminoso y, al pasar junto a mí, dejó un olor a fritanga bastante familiar.

– ¡¡Olga!!

El asno me miró y entonces tuve la absoluta certeza de que era ella; de un salto me coloqué al lado de su enorme oreja, enganchada a las crines. Un triste rebuzno conmovió mi cuerpo de insecto.

De repente, una luz iluminó la calle y empezó a sonar una música conocida; su imagen empezó a definirse poco a poco: pelo muy corto rubio platino, traje blanco con grandes hombreras…sí, era Annie Lenox. Se dirigió al local con caminar de heroína y, colocándose enfrente, lanzó algo parecido a un rayo, haciendo salir a todos esos hombres disparados por puertas y ventanas, presas del pánico.

– Señora, no castigue a Olga, es buena chica.

– Grillo, no te preocupes, no voy a castigarla. Volverá a su forma humana, pero cada vez que se meta en líos y mienta, le crecerá la nariz.

– Mire, yo creo que eso no le va a gustar nada.

– Y tú, Sonia, deberás dejar de escuchar a Nikka Costa, que ya tienes edad y además la música británica es mucho mejor.

En ese momento desapareció y Olga volvió a recobrar su forma. Pude ver entonces el vestido rojo corto y ceñido que se había puesto para la fiesta. Sus ojos estaban rodeados de manchurrones negros y la expresión de su cara era tan triste que no supe qué decir. Simplemente caminamos y al llegar a mi casa me colé por la puerta; ya en la cama, recobré mi forma humana.

A partir de ese momento, Olga se aficionó al chocolate de mi madre, de quien se ganó cierta simpatía.Traía casettes de pop inglés y bailábamos en mi habitación casi sin hablar, no nos hacía falta.

Yo me fijaba bastante en su nariz y sí, alguna vez vi que parecía más grande de lo normal, pero nunca le dije nada. Ella guiñaba el ojo y yo sonreía…siempre fue suficiente.

Sonja en Groenlandia VI: Confinamiento

A quien no me conozca, le contaré que soy Sonja.

Me trasladé hace un tiempo a Ilulissat, una ciudad de Groenlandia, a vivir mi propio deshielo; a dejar que cayeran en alud mis miedos, contradicciones y dudas. Sentí el agua helada crujir por dentro y las avalanchas sucederse en mi cuerpo. Fui montaña por la que se deslizaron capas inmensas de una nieve espesa y brillante.

Aquí he aprendido a valorar el vacío, a buscar sin esperar, he construido una casa de pinocha para mi padre como hacía de pequeña; conseguí también contactar con esa niña y escribirle a través de una caja de galletas. Me he hecho amiga de la incertidumbre, del paso ligero, de la posibilidad de intrascendencia. También de Kunuk, un pescador anciano que me cuida con solo mirarme.

Todo esto me ha ofrecido este paisaje blanco y amable. Yo, a cambio, le prometí relacionarme con él desde la libertad; ¿cómo sería esta tierra si me obligaran a quedarme, a pesar mío y de ella?

Nunca imaginé que pudiera contestar esta pregunta, y en cambio aquí estoy, caminando por este lugar en modalidad de encierro decretado.

Después de doce días, quiero contarle a Kunuk cómo lo estoy viviendo:

No diría que es angustia lo que siento; incluso a ratos veo con claridad que podría quedarme a vivir un tiempo en este abrazo largo de pantalones de ir por casa, en esta rutina compartida que está siendo un regalo, en esta conjunción de ojos verdes que siempre encuentran un momento para la caricia.

A ratos también llueve por dentro, y de repente parece que la emoción quiera romper las paredes de mi cuerpo, de mi casa. Se hace visible entonces todo lo que sobrevivió al deshielo, incluso las cosas que salieron a la superficie al pasar este: el miedo al miedo, la negación de la vulnerabilidad propia y la de mis personas queridas, las sacudidas del alambre sobre el que muchas veces camino, la impaciencia, la poca tolerancia a la frustración.

En esos momentos me acerco al río, observo mi imagen en el hielo -mira papi, los ojos se me han hecho verdes, ya no los tengo como tú- y siento un calor que no es de este sitio, creo que ni siquiera es mío.

Es el calor de lo mutuo, la temperatura exacta de los abrazos largos. Es el viento cálido que me trae el placer compartido que añoro y la mano que rescata el deseo sepultado por la nieve, la mirada de mi amiga muerta hoy hace seis años, el sonido de vuestras risas sin pantalla, de los espacios que hemos construido como hormigas alegres. Es el sol naciendo en un extremo de mi cuerpo y poniéndose en el otro.

Y es que quizá hoy no escribo desde Ilulissat; hoy soy Ilulissat y sé que siempre amanece.

Sonja en Groenlandia V: Incertidumbre

Me fascina el sonido de la nieve bajo mis pies; es el motivo de que prefiera salir a caminar sola.
Intento además fijarme en la profundidad de las huellas que voy dejando, en la cantidad, color y consistencia de esa materia blanca y fría que inunda este lugar del planeta.

Kunuk, el viejo pescador, conoce la nieve mejor que nadie; la que puede pisarse, la que está a punto de desprenderse, la nieve vieja y la nueva. A veces le basta con mirarla; otras, se agacha y coge un puñado, la manosea, incluso la prueba, la huele. Intenta ganarle unos segundos al posible desprendimiento, a la caída, al alud.

Y es que, aquí en Ilulissat, no tenemos certezas.
Nos aproximamos, podemos intuir si es o no seguro caminar por el lago helado o atravesar un barranco entre montañas, pero vivir aquí es aceptar la incertidumbre, aprender incluso a disfrutarla.

Transitamos constantemente la duda, pero viene acompañada de una brisa tan limpia que no hace daño y, si bien es cierto que el hielo nunca te sostiene con seguridad, te devuelve a cambio la mejor imagen de ti misma, esa que quisieras ver siempre y que se transforma en vapor de agua tan fácilmente.

Quizá por eso me quedé a vivir aquí; para hacerme fuerte en la ligereza, para aprender a confiar en las preguntas más que en las respuestas. Para enamorarme de mis propios pasos y sus tropiezos, de mi propia vulnerabilidad.

Kunuk dice que yo me evado rápidamente, que mi estado natural es más bien la desconexión y el despiste. Yo creo que tiene razón, y quizá es una estrategia para pesar menos, para ser aire caliente que tiende a elevarse, para ser ligera y que una mala pisada no me acabe hundiendo.

Le pregunto si entonces corro el riesgo de no dejar huella suficiente, de pasar de puntillas por las cosas.

Kunuk sonríe con sus ojitos divertidos y sigue caminando en silencio.

Invitación

Yo de ti, me tomaría en infusión.

No dejes que hierva, solo deposítame en agua caliente y retírame enseguida del fuego. Me dejas reposar unos minutos y lista.

Tengo múltiples propiedades -no, ninguna casa- pero soy digestiva y a ratos expectorante. Buenísima contra el dolor de garganta; todo un superalimento.

Parece obvio, pero hay que especificarlo: no contengo gluten ni lactosa. Algunas trazas de frutos secos, pero apenas perceptibles.

Te recomendaría añadir un poco de leche en el fondo de la taza antes de servirme, así la nube que se forma adquiere un dibujo más interesante y la fusión con el agua es total.

Avisa cuando vayas a apoyar tus labios en el borde del tazón, no me quiero perder ese momento. Y por favor, tómame a tragos lentos, nada de engullirme.

Aprovéchame bien.

De nada, cielo.

Patio de luces II: Verbosidad fatal

¿Qué pasaría si T., la del 6ºA, tuviese la necesidad imperiosa de desarrollar cada detalle de sus explicaciones, de ramificar hasta la nausea la verbalización de sus pensamientos?

Son las siete de la mañana y T. se dirige a la cocina con el caminar torpe del amanecer, los ojos todavía medio cerrados. Pone la cafetera en el fuego y se sienta a esperar mientras mira los mensajes sin leer del teléfono. “A las 18h hay reunión de escalera” le informa M., la del 6ºC.

T. comienza a contestarle en un mensaje que reproducimos aquí por su importancia: “No podré asistir, tengo que ir al súper porque mi nevera está vacía, y es que ayer no fui al mercado central porque había quedado con mi amigo J. para que me devolviera un libro antes de irse a Irlanda con una beca que le han concedido justo en el momento en el que la empresa se lo ha quitado de encima con un ERE, el mismo en el que han despedido al chico nuevo de la farmacia, no la de la esquina, la de la otra manzana…”

La cafetera hace rato ya que ha cumplido su misión y amenaza con expulsar su interior con fuerza sobre la encimera; parece incluso que riñe a una impasible T., que no aparta los ojos de la pantalla, concentrada en contestar a la pregunta de su vecina con toda la información que esta, en su opinión, requiere.

¿Qué pasaría si M., por su parte, padeciese de fobia social y, careciendo además de la mínima asertividad, fuera incapaz de frenarla en su incontinencia explicativa?

10h a.m: T. y M. coinciden en el rellano de la escalera y protagonizan la conversación que a continuación se transcribe:

– Buenos días.

– Buenos días, T. ¿cómo estás?

– Bueno, diría que bien si no fuera por una cefalea que me tiene un poco fastidiada, no sé si tiene su origen en la falta de insonorización del piso de la nueva inquilina del séptimo, que pone muy fuerte la música a pesar de que la Sra. P, la del segundo, que fue presidenta del edificio en la época en que vinieron a hacer la revisión de la estructura por si había aluminosis en los pilares porque varios edificios de la zona habían dado positivo y que es el motivo por el que van a prohibir la edificación en terreno arenoso en el plan para los próximos veinte años…

M. puede ya sentir el escalofrío en la columna que precede al sudor frío, al temblor de piernas. Mira fijamente a ese dechado de información prescindible que es su vecina, sin saber qué hacer con toda esa amalgama de datos, con ese ir y venir del pasado al futuro vuelta y vuelta, mientras intenta formular una frase, una sencilla oración que le permita salir huyendo de una manera correcta, incluso amable, tal y como ha visto hacer a otros vecinos cuando se cruzan con T.

¿Qué pasaría si M. no consiguiera controlar su agresividad contenida y, presa del pánico, se viese obligada a cortar a T. de una manera, digamos, peculiar?

La inspectora del ayuntamiento que vino en esa ocasión resultó ser la cuñada del vecino del primero, no sé si tú vivías aquí cuando todavía estaba casado con la chica de la panadería de enfrente, no la nueva sino la de siempre, esa que tiene las empanadas tan buenas, que las hace la madre porque es gallega y se vino a vivir aquí cuando…”

Sequedad en la boca, contracciones en el estómago. La mente de M. sigue luchando por encontrar una combinación de palabras efectiva, suficiente, que la saque de esa situación.

Siente poco a poco un cosquilleo en la punta de los dedos que va ascendiendo por las manos, el antebrazo, los codos, dotando a sus extremidades de una energía desconocida, descomunal. Siente un alivio nunca experimentado al rodear con sus manos el cuello de T. y, con un ligero impulso, lanzarla por el hueco de la escalera.

Unos segundos antes de escuchar lo que con toda probabilidad es el choque de la cabeza de T. contra el suelo de la planta baja, puede llegar a escuchar un último detalle: “Recuerdo que aquella mujer gallega también tenía cefaleas porque en su pueblo había una mina de carbón que…”

Patio de luces I: “Mira, yo es que siempre digo lo que pienso”

Hay aseveraciones que identifican a su emisor más que el color de ojos o la altura, más que su propio nombre. Sentencias que anuncian su llegada, incluso que permanecen cuando la persona ya se ha ido, como un aroma dulzón.

Provocan a su vez un efecto particular en sus potenciales receptores: ojos abiertos hasta el límite, ausencia de pestañeo, desasosiego en el ceño. Incluso un leve temblor en la mandíbula.

Así sucede siempre con Pepa, la del 4º C: le basta con pronunciar ese conjunto de nueve palabras y una coma para provocar sunamis emocionales, cambios en las mareas y torrentes incontrolables.

– Tía, eres una lianta y lo que estás haciendo con tu hermana es impresentable.

– Joder, Pepa…

– Y ya de paso a ver si te tintas el pelo, que menuda raya llevas, carajo.

– Pepa, ya te vale…

– Mira, yo es que siempre digo lo que pienso.

Y ¡pum! Crecida de aguas, remolino de sinceridad, transparencia en caída libre.

¿Podría Pepa ser tachada de sincericida? ¿Alegaría ella en su defensa que se trata realmente de una inofensiva asertividad? Escuchémosla de nuevo, aprovechando que ha salido a la galería a fumar:

“Me cago en todo lo que se mueve, Carmen, tú lo que tienes que hacer es dejar de comer tanto bocadillo, que estás poniéndote fondona y luego te quejas de que no ligas. ¿Que qué? Que no, tía, que a Jose no le molas y además no me extraña.

Mira, yo es que siempre digo lo que pienso.”

Adiós a Carmen: segunda víctima de honestidad brutal en un solo día, daño colateral de sincericidio en grado sumo, derribo súbito.

¡¡Mira,- yo-es-que-siempre-digo-lo-que-pienso!!

En la ventana, en la parada del autobús, en la cima del Penyagolosa, después de un orgasmo.

Yosoyasismo cruel, descarnado, el de Pepa.

Mir(í)ada

Era invierno y sucedía lo gris; a sus pies, remolino de plásticos y papeles sucios.

Entre la nube de polvo, pudo distinguir al desprecio acercarse lentamente. Acercó su mano hasta tocarlo, los ojos cerrados. Respiró hondo, sintió escarcha en sus pulmones y un sabor amargo en la garganta.

Separó por fin las pestañas y sostuvo su mirada. No sabría decir quién se rindió antes, solo que tras esperar con paciencia lo vio caer, rebotar en el suelo y colarse por una alcantarilla.

Más tarde, miró a la duda fijamente.

Contempló también el rechazo, lo tocó y pudo sentir su textura viscosa, y miró tanto y tan bien que lo podrido fue grieta de colores.

Al rato, la hiedra trepó por la burla, la abrazó y cesó de inmediato el olor metálico.

¿Y las palabras? “envidia”, “pus”, podría haber dicho. “Artefacto de cartón piedra”, “falacia”. Pero pronunció “libertad” y, colocando la punta de su lengua en el paladar, dejó caer lágrimas de alivio.

Pestañeó y sintió el abrazo del silencio; llegaron horas de paz y se pudo ver al lamento huyendo colina abajo.

Fue entonces cuando miró su imagen en un espejo y descubrió en sus ojos una enredadera de hojas brillantes, húmedas, con todos los tonos posibles del verde.

 

imagen4Imagen02Imágenes de Águeda Alvarruiz

Este texto y las imágenes que lo acompañan han sido publicados en la revista DXI Magazine nº 55, dedicado a la belleza.

Manifiesto para una deconstrucción controlada.

Conocemos lo que nos remueve por dentro, porque viene de siglos. Se nos hace pues necesario y urgente reconducirnos, romper inercias, pero también dejar de poner bombas en nuestras vidas cuya detonación no estemos preparadas para sostener.

Congeladas no nos servimos, tenemos que provocar el deshielo aceptando el agua caliente y disfrutando del proceso, pasar a estado líquido y chapotear en nosotras.

No nos queremos sufrientes, mujeres bola, pero tampoco víctimas de una felicidad impuesta que pagar a plazos. No queremos batallar en nuestro cuerpo las violencias que generamos a través del discurso, arrancándonos las capas con los dientes, con prisa y posmodernidad.

Primero el cuerpo, luego la idea; y que la palabra sea cuerpo y no un arma de la mente para autolesionarnos. Albergar las palabras en riñones, hígado, estómago. Palabras-estría, palabras-membrana, palabras-lágrima.

Texto creado en el taller de escritura colectiva “Autor-izarnos” facilitado por Eva Fernández.

Bouton Rouge

“Si pudieras apretar un botón rojo y que alguien desapareciera sin que hubiera consecuencias para ti…¿lo apretarías?” N.

 

– Odiar no es sano; ama en abundancia, sonríe. Elimina de tu vida las energías tóxicas, libérate.Tú no eres así, no se lo merecen, respira hondo.

– Odio a los pollaviejas que gobiernan el mundo y al sistema que les sostiene. No soporto a la gente que chilla, que se metan sus voces por donde les quepan; odio la falta de respeto, que no me tengan en cuenta, que piensen que la calle es suya. Odio las voces impostadamente graves de gilipollas oe oe, los grititos agudos imposibles y sostenidos. Ese niño es odioso.

– El odio es antiestético, no hay armonía en él. Es una trampa de la mente, una ilusión. Tía, ¿consumes odiáceos? no seas hater. Te pones fea cuando odias.

-No lo aguanto más…que pare ya de cortarme al hablar, de hacerse el gracioso, de utilizar ese tono de superioridad, de dejar el cepillo de dientes sucio en el baño. Odio que me quiera besar cuando duermo. Quiero que algo pase, que no dure, que se acabe…

-Para ya, ¿puedes odiar y comer a la vez? ¿y odiar y pensar? ¿puede ser el odio reflexivo? ¿odio ergo sum? ¿ergo non sum? Es odioso estar siempre tan enfadada, odiar cansa…¿qué dice Foucault sobre todo esto?

-Paso por delante de ese bar de viejos salidos; odio cómo me miran, sus conversaciones sobre fútbol, el humo de sus puros, la separación entre sus piernas, odio que sus mujeres estén haciendo la compra para ellos, que les laven los pañuelos de tela llenos de flema verde, los restos de piropos resecos.

-Mira, hasta la palabra es fea: dos globos oculares vacíos, desorbitados. Dos gónadas inflamadas, orejas de soplillo expectantes, oídos sordos que escoltan un imperativo: DI….¡¡DI!!

– Botón rojo. Pum.

 

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Witch Hate. Ilustración de Pablo Ruiz.

Este texto y la ilustración que lo acompaña fueron publicados en la revista DXI Magazine nº 53.

En el gimnasio

13-12-2017

Conversación con Trapecio Prominente:

TP: Buf, buf…¿cómo va la cosa?

Yo: Ahí va…3,4,5…

TP: Pues mientras vaya yendo es que va bien, ¿no?…buffffffffff….

Yo: Sí…6,7,8…

Tp: Eso es lo importante….aaargghhh…

Yo: Vamos a ver…9,10,11..

Y así, en bucle absurdo hasta la agujeta final.

22-11-2017

Al gimnasio viene una pareja hetero envuelta en ropa de marca, aspecto atlético y triunfador.

Cuando se cruzan por la sala se dan siempre un beso, a veces de tornillo, que él acompaña con una palmadita al culo de ella.

Yo, que padezco de pudor ajeno, agacho la cabeza y resoplo así, bajito. Intento no mirar, pero es que esto está lleno de espejos y es inevitable.

La cosa se complica cuando se lanzan miradas y gestos picarones desde sus respectivos aparatos; ella admira, los ojos muy abiertos; él aprueba con una sonrisita de lado. Y yo ya no sé dónde meterme.

Al principio pensaba que era un romance erótico-gimnástico, pero el otro día los pillé hablando de las hamburguesas de la cena, lo cual vino a corroborar mi sospecha: esta gente viene al gimnasio a exhibir pareja igual que exhiben abdominales.

A mí no me la pegan: yo a estas alturas ya sé que la única relación idílica que existe es la relación calidad-precio, pero reconozco que su aparente modelo de pareja es un producto muy valorado en el mercado, y ellos lo saben.

En un momento de delirio endorfínico mientras salto a la comba, me imagino que la pareja es un músculo que se les hipertrofia y salen de aquí sin cuello; que se les contractura su pasión de espejo, que se les llena de agujetas la normalidad…o al menos, que me dejan en paz, diosas.

18-10-2017

Que nada va a cambiar lo he sabido hoy haciendo mi tercera serie de dorsales en el gimnasio: ante mi asombro, esos acordes familiares de guitarra acústica, paz, su voz rotunda… ¡Tracy Chapman cantando Revolution song!

Por un momento, pensé que los mazas de al lado se iban a desintegrar como los malos de las películas y que un mundo nuevo iba a acontecer, pero entonces llegó la pesadilla.

Tras ocho segundos de canción, Tracy ha sido suspendida para dar lugar a una espantosa voz electrónica y la dulce guitarra ha mutado en una base rítmica machacona que nos ha devuelto en remix a la realidad, esa cosa.

6-8-2017

Conducir una bicicleta estática es ya de por sí curioso, pero cuando se te pone alguien al lado con ganas de hablar, ese pedaleo hacia ningún lugar puede ser terrorífico.

Ayer fue un individuo aparentemente pacífico; eso sí, a las tres frases me confesó que si le diagnostican una enfermedad terminal matará a todas las personas de una lista que está confeccionando (en su mayoría gestores públicos culturales, aviso por si los hay entre mis contactos).

Bajé la resistencia de mi bici para huir; no soy gestora cultural pero tampoco quiero ser cómplice de una matanza.

Casi me dejo las piernas, pero ya digo, con esos trastos no funciona…

24-5-2017

Varios tipos se ríen de un grupo de chicas que vienen maquilladas como si fueran a una boda, venga el churretón a los diez minutos en la elíptica. Incomprensible, sí.

Pero yo, con mi retorcida imaginación, a quien veo es a Sor Juana Inés de la Cruz (s. XVII), ahí detrás de la multipower, diciendo:

“Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis
(…)
Pues ¿para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.”

Qué sabia, Sor.

23-3-2017

Hoy la felicidad me ha sorprendido mientras saltaba a la comba en el gimnasio al ritmo de Guns N’Roses…

Conclusiones:

– El aumento de las endorfinas es inversamente proporcional al de la vergüenza.

– P. Coelho debe de hacer esto todos los días.

22-2-2017

Practicando la indiferencia láser:

-Trapecio prominente: hace calor, eh? Yo vengo siempre porque estoy separado, vivo solo-que es como mejor se está- y encima tengo un buen trabajo, ¿qué más quiero?

-Yo: 7, 8, 9…

-TP: la familia es que te quita mucho tiempo, ahora hago lo que quiero y no tengo que dar explicaciones a nadie.

-Yo: 10, 11, 12…