Acerca de apuntarseaunpeine

Observo, anoto y escribo. No siempre en ese orden y no tanto como me gustaría.

Delirio navideño

Otra vez se le ha olvidado meter el lápiz en el bolsillo. Resopla fastidiada mientras intenta, a duras penas y con el dedo índice de la mano derecha, rascarse ese punto de la espalda donde le roza la costura del disfraz. En pleno mes de diciembre, los termómetros marcan apenas 8º, pero en el interior de esa masa textil de cuatro dedos de grosor se podría cocer un huevo sin esfuerzo.

Consigue aliviar levemente su picor y recoloca rápidamente la maceta de felpa que le cubre medio cuerpo, estirando bien las piernas a través de los agujeros. Sus brazos pretenden ser las ramas de una flor de pascua y, a la altura de los hombros, cubriendo la cabeza, nace una enorme hoja de color rojo que se eleva hacia el cielo inclinándose levemente hacia la izquierda, lo cual la obliga a realizar constantemente un molesto contrapeso que le tiene martirizadas las cervicales. De los pies nacen raíces de fieltro que le dificultan el paso.

Vista desde fuera, esta planta andante resulta un adorno navideño muy eficaz; los niños que frecuentan a esa hora el centro comercial se cuelgan de sus brazos y la persiguen mientras ella da vueltas sobre sí misma en un baile que tiene como único objetivo quitárselos de encima.

Mira el reloj central; todavía le quedan cuatro horas dentro de ese artefacto de fieltro, lana y felpa. Se ajusta la hoja de la cabeza para mirar mejor a través de sus agujeros y busca un lugar no demasiado concurrido para detenerse un rato. Una rama de acebo y una campanilla de invierno pasan por su lado y le estiran los tirantes de la maceta antes de salir corriendo.

Es en ese momento cuando la ve.

Debe de tener más de ochenta años; la cara surcada de arrugas, el cabello blanco y desordenado, el cuerpo pequeño. Viste un abrigo naranja raído con las costuras oscurecidas por el uso. Permanece de pie mirando fijamente un cartel luminoso. Como si presintiera su presencia, señala el cartel y se dirige a ella sin ni siquiera girar la cabeza:

– ¡Qué cabrones…! nos han robado tres imperativos, uno de ellos reflexivo.

– ¿Cómo?

– Esta gente cree que puede robarnos las palabras y ponerlas ahí, donde les dé la gana: “compre”, “regale”, “pruébeselo”…¡¡¿cómo se atreven…?!!

El grito es tal que la flor se asusta, da un paso atrás y mira alrededor; teme que el encargado se enfade si la ve hablar con una clienta. Da la vuelta con cuidado para no tropezar con sus propias raíces y sigue caminando. La diminuta mujer da un salto y se coloca delante de ella, observándola desde abajo con los ojos brillantes; sigue sus pasos dando saltitos, con expresión de curiosidad creciente.

– ¡¡Una flor de pascua!! ¡Para, para!

– No puedo, tengo que trabajar.

– ¿En qué trabajas?

– Pues lo que ve…hago de planta, muevo los brazos, las ramas, quiero decir…o las hojas, ¡yo qué sé…!

Encuentra por fin una esquina poco transitada y se queda allí de pie; el calor empieza a ser insoportable y le pica la espalda de nuevo. La mujercilla no hace ningún gesto de querer abandonar el lugar, de hecho cada vez se la ve más cómoda con su interlocutora.

– Tú al menos respetas el lenguaje…de hecho, no hablas.

– ¿Para qué voy a hablar? Este sitio da asco, el mundo es un asco.

– El mundo…qué bella palabra. Mira, digo mundo y vienen detrás como enredadas vida, tierra…¿a ti no se te enredan las palabras…? Lo malo es que a veces se cuela una fea, no sé, resiliencia, y aparecen enganchadas sinergia, eminentemente…y ya ves, se te pone todo perdido.

La flor de pascua mira fijamente a este insólito personaje a través de los agujeros de la hoja de fieltro.

– Mire, tengo que trabajar y me van a llamar la atención. Además, no sé por qué le interesa tanto el lenguaje; las palabras casi siempre nos engañan.

– ¿Que nos engañan? niña, ellas no nos han hecho nada…si las pobres se dejan hacer como cachorritos…ya verás, dime tres.

– No sé…agua, techo, palo.

– No, tres palabras más complejas: algún sustantivo, vale, pero también verbos, no sé, adjetivos…

– A ver…correcta, complace…sonríe.

– ¡Equilicuá! Mira: sorrecta, corrace, somplace, corríe…¿no es maravilloso cómo se dejan combinar, cómo se juntan y se separan en un baile infinito…?

La diminuta señora da vueltas por el hall del centro comercial; por momentos se desliza como si patinara. La flor de pascua observa la escena y siente cómo se le dibuja una sonrisa debajo de la felpa roja; esta extraña mujer empieza a caerle bien.

La improvisada bailarina vuelve a su lado y exclama con entusiasmo:

– ¡Se van a enterar! ¡¡Ven conmigo y cúbreme!!

Se dirigen hacia el panel más próximo y, mientras la flor expande sus hojas lo máximo posible para taparla, la señora extrae de su bolsillo un spray negro y comienza a dibujar cruces sobre los mensajes publicitarios, mientras profiere expresiones como “os vais a fastidiar”, o “las palabras son nuestras, ladrones”.

– Señora, ¿y las imágenes? ¿no le parece que también son horribles?

– Niña, a pesar de lo que piensas, el mundo es bonito.

– Si el mundo fuera tan bonito yo no tendría que estar aquí adornándolo ¿no cree?

– Jajajajaja!! Pues tienes razón- empuña de nuevo el spray y pinta un círculo en la cara de un orondo Papa Noel- ¡esto va por ti, jajajajaja!

La flor ya da por perdido su empleo navideño, pero, contagiada por la energía de esta minúscula mujer, se relaja y disfruta del momento.

En el escaparate de enfrente, se puede leer “En navidad, los mejores descuentos para los mejores clientes”.

– Mira, flor, ¡una reiteración! ¡¡Vamos a quitársela!! Sale disparada, seguida torpemente por la maceta andante, y estampa sendas cruces negras en el pobre adjetivo reiterado, dejando la frase con sentido y corrección gramatical pero escasa eficacia si tenemos en cuenta la intencionalidad del mensaje y el contexto.

Siguen buscando por todo el recinto; la señora insiste en que le pareció leer un “le informamos que” en la entrada y no quiere irse sin eliminar esa aberración. Robar el lenguaje es horrible, pero dañarlo es ya demasiado.

– Mira, si fuera un simple lapsus calami lo dejaría, pero esto es crueldad.

No han encontrado todavía el queísmo cuando divisan tres figuras que se acercan a ellas. La silueta del medio es sustancialmente más corpulenta que el resto y parece vestir un uniforme oscuro. Flanquean su paso un hombre y una mujer de aspecto serio.

– Gracias, agente; es ella- el hombre coge el spray de la mano de la anciana y lo tira en una papelera- pásenme la factura de los destrozos.

– Tranquilo, Señor, serán simplemente los gastos de limpieza; me encargaré de que la empresa no presente cargos contra su madre teniendo en cuenta las circunstancias.

La mujer que los acompaña observa la escena con una expresión que combina vergüenza y severidad.

– Lo siento mucho, se debió escapar a la hora de la merienda.

– No es la primera vez que sucede, si no mejoran su seguridad tomaré cartas en el asunto.

Casi medio metro por debajo de ellos, una cabecita blanca mira hacia el suelo, la expresión pétrea. Parece que en un momento se le han caído encima diez años, enredados uno detrás de otro como se enredan las palabras.

El hombre apoya la mano sobre su hombro y la empuja levemente hacia el exterior. Nadie se dirige a la planta, clavada en medio del hall como si las raíces de felpa hubieran atravesado el suelo de mármol.

La visión a través del disfraz no es muy nítida, pero la flor jura que la señora se giró levemente antes de desaparecer con la comitiva y, tras guiñarle el ojo, levantó dos dedos en señal de victoria.

-Victoria…qué bonita. A ver…esperanza, alegría, merecer…

La flor de pascua sigue enredando palabras en medio del bullicio navideño; verbos y sustantivos revolotean a su alrededor como mariposas.

Relato publicado en el número especial de navidad de la revista Papenfuss.

Despedida

Toco un primer timbre y abre la puerta una niña de pelo corto; por su mirada, veo que tiene miedo y no quiero contárselo, es demasiado pequeña. Solo le cojo una galleta y la guardo en mi mochila.

Sigo calle abajo; atravieso pasadizos estrechos que huelen a plantas recién regadas, siento la cal fresca de las fachadas. La gente es amable y me saluda, se puede escuchar a lo lejos el sonido de una feria. Una niña con coletas me mira desde un balcón; está muy seria y se balancea sobre un burrito de peluche. “Me voy”, le digo. Ella abre los ojos como platos, “¿puedo ir contigo? me aburro.”

La siguiente calle que atravieso termina bruscamente en un solar; al lado, las vías, la pequeña estación de tren. Una joven con maleta espera en un banco, acompañada por sus padres. “Me voy a estudiar Derecho a la ciudad”, me dice. Saca de su bolsa un bocadillo y me da un trozo; lo guardo en mi mochila y le digo adiós con la mano. Siento un pinchazo en el estómago y sigo caminando.

Llego a una plaza llena de estudiantes, subo las escaleras de un piso compartido, me tropiezo con parejas besándose en los rincones, pruebo todas las bebidas que me ofrecen, bailo con quien quiere tomar mi mano, lloro de pena, de risa. A todos les digo que me voy, que mi viaje termina; brindan por mí con sus litronas.

Despierto dentro de una tienda de campaña en medio de la ciudad y sigo mi camino; me encuentro pancartas, tambores, me abro paso entre la multitud agitada, las sienes palpitando. Miro hacia atrás y me despido.

“¿Por qué no vivimos juntxs?” unos ojos redondos y verdipardos preguntan desde abajo a unas gafas gruesas, consternadas.“¿Habría alguna manera de sufrir menos…?” ahora dos chicas lloran en un piso, cogidas de la mano, no sabe cuántos pasos, minutos, años después.

– “Papá, ¿te preocupa la muerte?”

– “No pienso en cosas tétricas”.

Le vi morir cuatro días después; no pude despedirme. Lo hago ahora, guardo la Elegía de Miguel Hernández en la mochila y sigo caminando.

Las piernas me empiezan a doler y la mochila pesa; aún así visito alegrías, abrazo mucho, llegan piedras y las salto, otras veces caigo al suelo.

Un día como cualquier otro paro en un estanque y bebo agua fresca. Veo mi reflejo, respiro hondo, sonrío y, dejando así suficiente testimonio de vida, me dejo ir.

Este texto nació como propuesta del taller de escritura de Eva Fernández, “Autor-izar-nos”, en La Tetera.

El riego

Todo empezó aquella nochebuena en su casa; nadie reparó en su silencio, dedicados como estábamos al ritual navideño: mi tía cuestionaba como siempre la calidad de los langostinos, mi abuela entraba y salía del comedor pendiente del horno pero sin quitar ojo a mi tía, mi madre nos reñía por picar la ensaladilla sin esperar a que mi abuela se sentara…entonces él, mi abuelo, habló:

– ¿Qué hacemos aquí?

– …

– ¿Es la virgen del Carmen?

– …

Risas nerviosas, “Arturo, ¿qué dices?”, miradas de preocupación.

– ¿Por qué hay tanta gente?

-…

Ese día pusimos a prueba el poder de la convención navideña; a pesar de los desvaríos del abuelo, seguimos comiendo gambas y turrones como si nada estuviera sucediendo. Al acabar la cena, mi hermana mayor y yo nos fuimos a la cocina y lloramos bajito, casi clandestinamente.

A partir de ese día y durante los meses que le quedaron de vida, el estado de salud del abuelo se convirtió en algo parecido al parte meteorológico: “hoy parece que tiene riego”, “ayer se ve que le faltó riego, no reaccionó en toda la tarde…” “mamá, no me reconoce”. “Es el riego, hija, está muy mayor”.

Durante el que sería su último verano fui varias tardes a la semana a su casa.

Cuando el calor se hacía soportable, mi abuela lo sacaba al balcón con la silla de ruedas, una magdalena y un nescafé. Allí nos quedábamos mirando los recreativos de enfrente mientras dentro, en la tele del comedor, se disputaba alguna semifinal de las olimpiadas.

Todavía podría dibujar de memoria su perfil anguloso, impasible.

En esos momentos y cuando mi abuela no miraba, le cogía la mano y se la apretaba de manera intermitente, imitando algo parecido a un bombeo. Imaginaba las venas, las arterias, como acequias irrigando vida a trompicones, abriéndose paso entre esos huesos casi centenarios.

A veces pude ver, en la laguna de sus ojos azules, una sonrisa.

Se ruega no tocar el género

Sujeto entrevistado: Fina Gutiérrez, 54 años.

Primera sesión.

Recuerdo significativo nº1:

1970. Fina, con la edad de seis años, posa en medio de la sastrería familiar, brazos en cruz; su madre y su hermana clavan alfileres en lo que promete ser el vestido de los domingos; batista rosa. Varias clientas alaban su aspecto de princesa.

Nunca, dice, se ha sentido más ridícula.

Fue entonces, según relata la entrevistada, cuando el síntoma se manifestó por primera vez: al tiempo que intentaba ser amable con aquellas señoras, sintió cómo el cuerpo “se le hacía piedra” de manera súbita y no consiguió pronunciar palabra alguna, ni dibujar en su rostro la sonrisa deseada.

Recuerdo significativo nº2:

1981. Fina, ya adolescente, juega al fútbol con sus primos en la plaza. Escucha palabras como “marimacho”, “fino filipino”, “perico”. Ríen chicos, ríen chicas; sobre todo recuerda que ríe Maricarmen y el pinchazo en el estómago que esto le provoca.

Relata que su padre la arrastró de la muñeca y le encargó ordenar el tejido en el almacén. Al rato, la encontraron inmóvil, envuelta en una pieza de batista rosa; a su lado, esparcidos por el suelo, el resto de telas: alpaca, crepé, gasa, gabardina, tafetán. Tres días sin postre y sin jugar.

Ante la pregunta de si jugaba con las telas para estimular su lado femenino, la entrevistada me mira y levanta las cejas levemente.

En un momento de la sesión, Fina se agacha, coge un bicho de bola del suelo y lo coloca en su mano; el insecto sube y baja por sus nudillos; ella intenta acariciarlo con extrema delicadeza, pero en ese momento el bicho se repliega sobre sí mismo, cae al vacío y se pierde rodando entre las patas de mi mesa.

A continuación me pregunta: “doctora, ¿qué debería ser objeto de estudio? ¿el exoesqueleto de este insecto o el entorno que lo endurece?”

Segunda sesión.

Recuerdo significativo nº3:

1994: Fina, con treinta años, barre la sastrería mientras dos clientas observan las telas expuestas; se escucha la voz de una niña: “¿Mamá, eso es una mujer o un hombre…?”

Su hermana sale en ese momento del almacén y borra rápidamente la niebla incómoda que la pregunta ha dejado en el ambiente. En el mostrador ya se despliegan sedas, franelas, tul y organdí.

Esta vez, para sorpresa de la propia entrevistada, su cuerpo no se volvió piedra, no hubo repliegues, parálisis, ni bichos de bola rodando; se acercó a la niña con un caramelo, ésta le regaló una enorme sonrisa; en ese momento un escalofrío subió por sus piernas, aligerándolas, mientras la pregunta daba vueltas, rebotaba, entraba y salía de su mente como música: mujer, hombre; hombre, mujer.

Si la aceptación fuera agua, Fina, según sus propias palabras, hubiera sido en esos momentos un embalse en pleno proceso de llenado, una enorme piscina de agua fresca. La constatación de que la vida no era un puzle y no estaba obligada a encajar en ella, de que cualquier color de la paleta es ya más hermoso que el blanco y negro que representan un bicho de bola y el suelo sobre el que cae.

Tercera sesión.

Recuerdo significativo nº4:

2005. Fina, cumplidos ya los cuarenta, atiende en el mostrador de la sastrería. Entra una madre con su hijo adolescente, buscando una buena tela para un traje azul marino. El chico pasea por la tienda, Fina le ve acariciar el terciopelo, el raso, su mirada se cruza con ella; la entrevistada asegura que podría reconocer, según sus palabras, a un bicho de bola allá donde estuviera.

Entonces aconteció lo que la entrevistada denomina “el día más feliz de su vida”: entró en el almacén y, uno a uno, fue sacando los enormes rollos de tela que llenaban la estancia. Atravesó con ellos la tienda y, bajo la mirada estupefacta de las allí presentes, fue sacándolos a la plaza, ordenándolos por colores y dentro de estos por tonalidades: rosa palo, rosa chicle, fresa, fucsia…

La gente comenzó a acercarse, los niños corrían divertidos desplegando las telas, saltando sobre ellas y haciéndolas volar sobre sus cabezas.

Preguntada por la motivación que la llevó, el día referido, a destrozar de esa forma las existencias del negocio familiar y si pudo ser debido a la disforia entre el sexo asignado y el sentido, la entrevistada sonríe y me pregunta :”doctora, ¿a usted no le duele la normalidad?¿nunca ha tenido ganas de saltar sobre ella y hacerla jirones…? Dígame si, en ocasiones, no ha sentido el impulso de convertir en añicos lo amable, los múltiples tonos del rosa…o esta investigación, por ejemplo”.

En cuanto al tema objeto de este estudio y requerida sobre el género con el que se siente más cómoda, la entrevistada guiña un ojo y contesta: “el poliéster es económico pero no transpira; nada como una buena lana fina para un traje de diario”.

Relato finalista en el II Certamen de relato breve “Beatriu Civera”
del Ayuntamiento de Valencia.

 

Mingu y yo

Ay, que se me coja bien esta vez, que no se escurra como el otro. Todavía tengo dolor de tripa, aquí en el lao. Mami, ¿esa que llora ahí fuera es mi hermana? Cuéntame quién soy, qué hago aquí dentro. Ana Belén llora por las noches como una fiera corrupia y Alfredo se pone los tapones, voy a acabar arrengá. ¿Seré también un pimpollo de canela, como ella? ¿Me llamarás chipula? ¿Llorar duele?

Aquí en Plasencia además no tengo a nadie, esto está en la chimpampa, y sólo podré irme a Melilla a dar a luz en el octavo mes. ¿Eso que suena es música? Y esa voz grave tan bonita, ¿quién es? Hasta ese momento el director del instituto no me da permiso, qué coraje. Es más tonto que pichote. Os he escuchado hablar de la música: la voz grave dice “Swing low, sweet Charriot”.. A Alfredo no le gusta que le critique porque cantan juntos en el coro, cómo se nota que él no tiene que parir. Y lo dice de una manera que me hace cosquillas y me alegra la barriga. Mami, dile que no pare. Yo quiero hacer eso, díselo a él. Díselo.

Tengo ya algunas náuseas y manías raras, como hartarme a leer novelas de extraterrestres; espero que el bebé no salga con cara de marciano, angelito. Mami, ¿qué es el relach? ¿y un long play? Nacerá en diciembre, esta vez el embarazo será frío, no como con Ana, que me asé los últimos meses, menudos sudores con aquella barriga, casi cojo el piojo verde. Me gusta cuando te acaricias la barriga y siento tus manos grandes, y más cuando le hablas al pico de la montaña y le llamas “papá”, y preparas chismitos y nos los comemos. Tendré que dejarlo todo enjaretao antes de irme a Melilla a que nazca, espero que las plantas no se queden manías. Le diré a Loli que se pase a regarlas; esta chica vale un potosí. Siento el repiqueteo rítmico de dos agujas, justo delante de mí, y el calor de la lana sobre tu barriga. No como mi compañera Adela, que es maja pero no puedes confiar en ella: le sale alguna chuminá campestre y me deja las plantas changás, seguro. Esa se apunta a un peine. Mami, ¿será así cuidar a alguien? ¿Haré mantas para ti? ¿Para mi hermana? El resto de gente que conozco aquí son una partida de mandangas, yo no sé que hago en este pueblo con lo bien que se está en mi tierra, jopé.

Mami ¿qué es una nave extraterrestre? ¿y Marte? ¿vivimos ahí?

Iván, en tres textos

I. Sí está escrito.

Tengo un alumno diagnosticado como asperger.

El otro día se le acabó la tinta del boli negro que utiliza para tomar apuntes, pero por lo visto continuó escribiendo igual.

Al acabar la clase me llamó y señaló una hoja en blanco:

– Profe, no sé lo que pone aquí.

-¿Dónde? ahí no hay nada escrito.

Me miró fijamente.

– Sí está escrito, pero no se ve.

Fui a buscar un bolígrafo, tenía que ser negro. Me senté a su lado.

– Vale, ¿te digo la última parte y la escribes otra vez?

– Antes tengo que borrar.

Se concentró y, con calma, borró el folio en blanco; yo miraba entretenida las virutas de goma que caían.

Entonces, empezó a escribir.

 

II- La visita.

El pájaro entra en la cantina del instituto y se posa frente a mí en la mesa reservada a profesores; pliega sus alas y, todavía inquieto, me mira fijamente. El resto calla por un momento, cesa el griterío adolescente y el chasquido de bolsas.

Yo le observo con curiosidad mientras termino mi café, intentando no hacer ruido para no espantarlo. Al rato nos sonreímos; él se sacude levemente, deja un bifrutas tropical vació en la mesa y echa a volar.

– Hasta luego, Iván.

– Hasta luego no, hasta el lunes. Sigue leyendo

Sonja en Groenlandia IV: La caja

Hoy me he despertado en casa de Kunuk; vine ayer buscando compañía después de varios días inquieta, me suelo poner así cuando se acerca el día.

El viejo pescador me hace sentir cómoda porque no pregunta, nunca sé si por falta de curiosidad o por respeto. El caso es que ya ha llegado el momento y, como siempre, siento algo parecido a un hueco en el estómago.

Decido no prolongar la incertidumbre, así que salgo de la casa y empiezo a subir la cuesta. Al llegar al llano, cojo el sendero de la derecha, camino en linea recta durante diez minutos y me detengo delante de la roca grande. Cuento tres árboles a la izquierda y al llegar al tercero me agacho. De rodillas, escarbo en la nieve hundiendo los brazos hasta los codos; las manos me duelen del frío.

No recordaba haberla enterrado tan hondo, pero ha nevado mucho desde la última vez. Por fin mis dedos tocan algo metálico, respiro aliviada; está en su sitio.

La saco con cuidado. Es azul oscuro, redonda, y tiene un castillo dibujado en la tapa con unas letras blancas: “Surtido de Galletas”.

La abro y encuentro como siempre una hoja de papel cuadriculado doblada varias veces y una galleta; esta vez ha metido la que tiene forma de corazón con granos gruesos de azúcar adheridos. Sonrío.

Escucho voces cerca, deben de ser senderistas.

Guardo la galleta y la hoja en mi bolsillo, introduzco en la caja el folio escrito por mí y la entierro de nuevo. Coloco ramas y hojas encima, que en pocas horas estarán completamente tapadas por la nieve. Memorizo los árboles y las rocas de alrededor para recordar el camino.

Corro a la cabaña de Kunuk, entro y cierro la puerta; no hay nadie. Abro con nerviosismo la nota, doblada en cuatro pliegues.

Reconozco enseguida lo que fue mi letra en sus orígenes: las eses queriendo ser erres, los puntos de las íes corridos, las mayúsculas intercaladas sin sentido.

“QuiEro escribir un cuenTo. Me abuRro”.

A continuación, un dibujo de Betsy May y la palabra “jengibrE” escrita cuatro veces, en diferentes direcciones. Al final, su firma: SoNia.

Vuelvo a doblar la hoja, todavía nerviosa. Espero que mi carta también le haya gustado; yo le he pedido, como siempre, que siga escribiendo historias y sobre todo que no las tire a la basura. Le revelo también, para animarla, que al final de los pasillos oscuros nunca hay nadie, que los bollos de jengibre existen y que están tan buenos como ella se imagina.

Al final le propongo una fecha para el próximo intercambio. Ojalá le apetezca.

Muerdo la galleta y siento un escalofrío. Me acurruco en la alfombra y me quedo dormida. Creo que escucho a Kunuk entrar despacio.