Orden del día

Alberto vive en la puerta ocho, cuarto piso, escalera derecha. Tiene entre sus manías, además de la higiene nasal nocturna o espiar a los carteros, el acercarse ostensiblemente a las personas al hablar, aspecto que Ricardo, vecino de la puerta contigua, conoce y odia, especialmente cuando se encuentran en lugares estrechos como el ascensor o el rellano.

Estas situaciones no son cómodas para ninguno de los dos, ya que Alberto, a su vez, no soporta de su vecino la costumbre que tiene de interrumpirle cuando conversan, de manera que rara vez puede articular una frase entera sin ser invadido por apostillas, reiteraciones o preguntas.

A pesar de sus fobias recíprocas, intentan mantener una relación cordial.

Ricardo no ha podido asistir a la última reunión de propietarios y aprovecha que su vecino entra en la finca para preguntarle por los aspectos más señalados. El primero comienza a ver invadido su espacio vital en el instante en que Alberto formula su respuesta:

– Pues la reunión fue bien, vino bastante gente, pero Dolores la del sexto se quejó de…

– Siempre se queja de todo, esa mujer es insoportable.

Alberto insiste, gesticulando a tres palmos de la nariz de Ricardo:

– Decía que se quejó de la música del vecino del quinto, que…

– Yo también la escucho desde mi casa.

– Por lo visto ya le pidió que insonorizara las paredes, porque…

-Sí, yo le recomendé una empresa especializada, de un amigo de mi cuñado.

Ricardo es incapaz de callarse pero siente claramente el aliento de su vecino y retrocede a cada frase. Esquiva como puede la puerta de la entrada y continúa dando pasos hacia atrás mientras Alberto intenta explicar el por qué de la queja de la Sra. Dolores.

Comprueba por el rabillo del ojo que el semáforo está en verde y continúa retrocediendo conforme Alberto se le acerca a su cara más y más. Ya ha perdido la cuenta de los pasos que lleva en su retroceso cuando ve a su izquierda un cartel: “Km. 4. Autovía de Teruel”. El panel luminoso indica que el tráfico es fluido. 19º.

– ¿Y dijo algo el de la puerta cuatro? pregunta Ricardo, temiendo la cercana respuesta de su vecino. Hace una cobra estirando el cuello hacia atrás, maniobra que no surte el efecto deseado ya que Alberto se inclina hacia él al tiempo que contesta:

– Sí, claro, ese chico está de alquiler pero viene siempre a las reuniones en vez del Sr. Martín, que…

– Ah, sí, el Sr. Martín está enfermo, creo.

– ¡Decía que viene siempre a las reuniones, porque el Sr. Martín no viene!

Ricardo se estremece ante el inesperado grito e intenta poner distancia con su emisor, lo cual le hace emprender la subida de una cuesta hacia atrás, seguido por el de la puerta 8, que resopla ostentosamente. Rebasan una señal: “Km 87. Cámping de Bronchales”. Por el camino sortean varias caravanas y un grupo de excursionistas jubilados.

– Por cierto, Alberto, ¿cómo ha quedado el asunto del ascensor?

– Tenemos que pagar 1.500€ por puerta, descontando lo aportado en la derrama de…

– ¿El del primero sigue sin querer pagar?

– Descontando la derrama del mes de febrero, que…

– A mí me parece que ese presupuesto era el más caro.

– ¡Del mes de febrero, que sobraron 2.000€!

Alberto acorrala a su vecino contra el plano de la sierra de Albarracín, km 108, haciendo huir a un turista danés, y le grita a dos centímetros de la nariz.

Ricardo siente cómo el cuerpo se le paraliza; un escalofrío le recorre la columna y piensa en gacelas capturadas, en el aliento del tiranosaurus rex. Su corazón parece querer salirse por la boca y las piernas le flaquean. Saca valor de donde puede y, separándose a duras penas de su vecino, formula una última pregunta:

– Alberto…¿insistió el Sr. Suárez en instalar la rampa de la entrada…?

Le da tiempo a observar cómo la cara de su interlocutor se acerca a cámara lenta a su nariz, rompiendo en mil pedazos su ya maltrecho espacio vital, cuando da un paso atrás y no encuentra suelo donde apoyarse.

Alberto continúa acercándose para contestar y se precipita con su vecino por la ladera de la montaña. Un listón clavado en el suelo indica 1540 m de altitud.

– Sí, parece que ya hemos pedido presupuesto para la rampa, pero…

– Me dijo el Sr. Suárez que su hija se ha casado.

– ¡Hemos pedido presupuesto para la rampa, pero todavía no lo han enviado!

Un grupo de senderistas encuentra al día siguiente los dos cuerpos junto a la señal “Yacimiento ibérico El Castellar. Km 203”, abrazados y serenos, según el informe forense.

Crónica

Sí, yo lo vi todo.

Intentaré contar lo que pasó:

Ella entró en el parque y se sentó a mi lado. No habían pasado ni cuatro segundos cuando su carro volcó; las bolsas de la compra que acababa de dejar en el suelo se desplazaron varios metros.

Delante de nosotras se fue formando un remolino de hojas y ramas arrancadas. En un momento dado tuve que agarrarme al banco con una mano; con la otra me protegía la cabeza, varios objetos volaban y amenazaban con caernos encima.

Enfrente, dos palmeras se inclinaron hasta chocar entre ellas y un hombre se sujetaba como podía a su tronco para no caer. Un contenedor volcó.

No recuerdo el tiempo que estuvimos así hasta que ese suspiro se fue agotando y volvió la calma.

Cuando todo el aire hubo salido de sus pulmones, ella se arregló un poco el pelo y se levantó pesada y lentamente, arrastrando el carro.

Al rato la volví a ver: hacía cola en la charcutería con dos nietos colgando de sus brazos y la misma mirada de cansancio.

Hay mujeres que suspiran huracanes mientras sostienen la vida. Y no las vemos.

Relato publicado en el especial 8M de la revista Papenfuss. 2019.

Luisa

Relato desarrollado en el Taller de escritura de Paco Inclán,  en el contexto de la exposición del Muvim sobre la riada de València de 1957.
“Está lloviendo, lloviendo,
se mojarán , mojarán
los zapatitos zapatos
del colorín colorán…”

 

A veces sucede; tres o cuatro gotas caen a la vez sobre el ventanal y, en su camino descendente, acaban uniéndose acelerando bruscamente su velocidad debido al peso.

Ella acompaña su trayecto con el dedo sobre el cristal empañado, trazando líneas torpes pero firmes, como lo fueron siempre su manera de caminar, sus decisiones.

-Mama, no se ponga tan cerca del ventanal, que hay mucha humedad. Marededéu…no para de llover.

– ¡Mira, iaia!El río arrastra una rama…¡mira, mira! ¡un árbol!.

Ella sonríe, los ojos húmedos. La nieta se sienta en sus rodillas y miran juntas el caudal hinchado.

-Iaia, ¿por qué está enfadado el río?

– No, el río no está enfadado; es ella, que se queja. Mira cariño, justo ahí abajo jugaba yo con Luisa.

– ¡Amparín! Deja a la iaia y vete a la cama. Usted también, mama, váyase a dormir y no le cuente historias raras a la niña.

Ay, ¿dónde se habrá metido Vicente…?

En la radio informan de la crecida que lleva el Turia a su paso por Pedralba, donde varias personas han sido ya arrastradas por el agua. En Valencia, los serenos avisan del peligro de acercarse al cauce del río durante las lluvias y han prohibido el trabajo cerca de las grandes acequias.

Ella sigue mirando por la ventana, su cuerpo oscila cada vez más rápido en la mecedora.

– Si no me tuvieran aquí encerrada bajaría a verla, como antes. Muy calladita estaba, tanto tiempo…hace ya ocho años que no se queja, y mira, ahora está enfadada.

¿Te acuerdas cuando nos escondíamos en la caseta, Luisa…?

-Iaia, ¿por qué hablas sola? ¿quién es Luisa?

– Mama, deje ya de decir tonterías. Nadie, niña, Luisa no existe, es la iaia que está cansada.

 

Luisa con los pies descalzos, el pelo muy corto por los piojos. Las dos niñas corren por los lados del río y juegan a subir cada una por un extremo del puente de madera para encontrarse a mitad del camino. Cuando están arriba se sienten más expuestas, sobre todo cuando las familias vestidas de domingo las observan con desprecio. Luisa devuelve siempre la mirada, desafiante; ella prefiere tirar de su brazo y volver rápidamente al lecho marrón, profundo a tramos, que las conoce y las protege. Una vez de vuelta buscan los matorrales del margen, los altos, y se tumban, como siempre, una sobre la otra.

 

– ¡Nostre señor! El pont de fusta…¡se va a romper!

Ella sigue moviéndose, excitada. Sus manos agarran fuertemente la mecedora y la impulsan hacia atrás y hacia delante; en el suelo crujen las baldosas sueltas.

– Dejadme bajar, quiero irme con Luisa, ya es la hora. Amparín, dile adiós a la iaia, que me voy.

– ¡Mama, si no se calla ya la encierro en la habitación! ¿No ve la desgracia que tenemos? El río se desborda y usted con sus delirios, mareándonos a todos. Amparín, no llores que la iaia no se va a ningún sitio. Señor…¡se ha roto el puente!

La madre coge a la niña y la lleva a su cuarto casi a rastras. Mientras, el marido entra en la casa y deja en el recibidor el paraguas y la chaqueta empapada; no así el gesto de preocupación, que le persigue como una nube mientras camina por el comedor.

– Ay Vicente, que dios nos ampare…

 

En el margen del río, dos chicas se esconden del resto en una caseta abandonada. Calor. Las manos de una, torpes pero firmes, acariciando la piel húmeda de la otra.

El padre de Luisa las encuentra; vienen golpes, gritos. Ella corre deprisa, escucha a su amiga defenderse, como siempre. Al final, un golpe seco y el sonido de un cuerpo cayendo al agua. Fue la última vez que la vio.

 

Por la madera hinchada del ventanal se filtra un pequeño reguero de agua, como si el río no tuviera suficiente con desbordar su cauce y decidiera rebosarlo todo; las puertas, las juntas, la memoria y sus cerrojos.

Ella se quita la zapatilla y mete el pie en el charquito que se ha formado. La angustia desaparece por un momento y sonríe mientras chapotea.

 

– Luisa, ¿tú crees que esto que hacemos es pecado?

– Seguro que sí. Luego vamos a la iglesia y ya está. Y de paso que nos den para una manzana de caramelo.

– ¿Y nos podremos casar igual?

– ¿Quieres casarte conmigo? Jajajaja

– No tonta, casarnos y tener hijos y todo eso.

– Yo no quiero, antes me matan.

– Qué bruta eres.

– Ven aquí…

 

Llaman a la puerta. Un corro de vecinos inquietos comparte las últimas noticias con preocupación; todos tienen familia y amigos en las zonas de huerta más expuestas. Ya hay cifras de las primeras víctimas, de las calles y edificios públicos inundados, los hospitales, donde el agua ha obligado a trasladar camas y enfermos.

A pocos metros, ajena al presente y sus urgencias, una mecedora vacía oscila lentamente.

 

El juicio

Ficha policial:

Nombre: Serenidad Karma Amores

Edad: a los 30 empezó a fluir, y ya ni se sabe.

Profesión: abrazadora de semáforos y animadora de lunes, fija discontinua.

Delito del que se le acusa: Atentado en grado de tentativa y desorden público.

Descripción de los hechos: La acusada deposita bombas artesanales (petardo infantil, pimienta y confetti) en las oficinas de los principales bancos y cajas de ahorro. La detonación conecta automáticamente un reproductor de audio que los peritos están analizando y en el que se puede escuchar en bucle “Felicidad”, de Al Bano y Romina Power.

 

Ujier: comienza la vista oral del procedimiento 435/2019.

Juez: ¿es usted Serenidad Karma Amores, comparece con su capacidad plena y en el ejercicio de la misma acepta la representación de su letrada?

Acusada: jijiji…sip.

Juez: se la juzga por atentar contra varios directores de banco. Consta en autos como prueba 1 el vídeo de las cámaras de seguridad con su imagen.

Acusada:si todo el mundo quisiera una canción que hable de paz, que hable de amor, sería sencillo podernos reunir para vivir con ilusión.

Abogada: Señoría, como puede observar no se aprecia dolo en la conducta de la acusada.

Juez: letrada, la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento.

Acusada: hay quien va matando canallas con su cañón de futuro….

Abogada: con la venia, mi defendida se refiere a que hay mucha violencia callejera.

Acusada: Lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida.

Juez: Una frase más de Silvio Rodríguez y hago desalojar la sala.

Acusada: señor venia, disculpe, ¿no siente usted ganas de tomar de las manos a ese lindo ujier y abrazarlo hasta que a los dos les broten lágrimas de emoción? ¿no le parece que mi abogada tiene una de las auras más generosas que en la ciudad existen?

El ujier asiente, mirando a la abogada con curiosidad. Un murmullo recorre los primeros bancos, ocupados por amigos de la acusada y un grupo de estudiantes de Derecho.

Juez: ¡silencio en la sala! ¿tiene algo que añadir a la acusación el ministerio fiscal?

Fiscal: consideramos que la conducta de la demandada constituye un delito continuado, por lo que no se aprecia concurso ideal en este caso y el hecho ilícito se subsume en…

Acusada: mire, es así de fácil (en ese momento se levanta, se dirige al estudiante de Derecho más próximo y le da un abrazo. El resto del primer banco la imita e inician un mantra con sonidos guturales, cada vez más intensos).

Juez: ¡si no deponen su actitud tendré que suspender la sesión! Letrada, proceda a interrogar a su defendida.

Abogada: con la venia, Señoría.

Señora Karma ¿no es cierto que lo que consta en el sumario como artefactos explosivos no son sino presentes que usted se disponía a entregar a los denunciantes generosamente?

Acusada: el amor es paciente, es bondadoso; no es orgulloso ni jactancioso. Corintios 13:4

Abogada: entonces, ¿usted cree que se puede amar a las personas aunque no exista reciprocidad?

Juez: pregunta improcedente.

Abogada: ¿no es más cierto que vive la sociedad sedienta de buenos sentimientos y de generosidad? ¿no hemos sentido todos cómo la piel se eriza ante la bondad humana…?¿cree usted en las redes de apoyo mutuo?

Acusada: si no creyera en la locura de la garganta del sinsonte, si no creyera que en el monte se esconde el trino y la pavura…

(La acusada se levanta, pasa por delante del ujier y se abrazan fuertemente, los ojos de éste empañados. A continuación sonríe a la sala y abandona el lugar, ligera y relajada. El abogado del BBVA y el de Bankia miran sus relojes y se levantan a la vez. La abogada sonríe; el juez tapa su cara con las dos manos y cuenta hasta diez, como le indicó su terapeuta.)

Amor

“El amor en sí no es esencialmente inocente. El amor en sí no es necesariamente nada. El amor es una expresión de energía psíquica en búsqueda de satisfacción”
Wendy Langford

 

¿Qué es el amor cuando todavía no es?

Un empeño que oscila caóticamente entre la ilusión y la frustración (ilus-tración). Una cata, un intento.

¿Nos intentamos?

Para romper el silencio, te besé que me gustabas, tú reíste tiempos, espacios, dudas. Abriste un sobre y me enseñaste tu último rasguño; por una mirilla pude ver un sofá con la manta de cuadros aún caliente, dos platos sucios. Mira -dijiste- todavía huele a comida; pollo al curry, creo. Lloraste un rato y miré tu reloj. Piénsalo y me llamas.

Me diste una tarjeta de visita, yo la acaricié y vi tu vello erizarse. De acuerdo, pero nunca la renuncia; sumemos y celebremos.

Deconstruye conmigo algo bonito, decías; rompamos este constructo y compartamos los escombros con otras. Que nos prueben libres, que nos contraquieran. Igual, concluimos, si dejamos de pensar en dos todo será más fácil. Juntemos nuestras espaldas y miremos lo común, no nos fusionemos. Colectivicemos el nudo en el estómago, multiamemos.

-¿A quiénes?

– Yo busco y tú eliges: no-normativas, cercanas, afines…

Así fue como sucedieron monosiempres, polinuncas, demidudas, sapiolenguas…

Unos días éramos ágamas, otros anárquicas. A ratos parejamos como los demás, pero saltamos sobre Disney y nos comimos los celos como páginas arrancadas de un cuaderno; con rabia y tinta. Aprendimos a amar los límites y a querernos marginales, contingentes, dosificadas.

Me sabes a miedo, te dije un día. Sonreíste y pude ver ganas entre tus dientes; cierra la boca, que se te nota el hambre.

Expectativa: expectación+saliva.

Vale: dejemos de meter la política en la cama. ¿cómo se cierran ya los ojos? ¿se puede aprender a no ver? ¿se puede construir partiendo de material de derribo? ¿limar ladrillos quebrados?

Amor, la vida no entra, y ya no sé qué hacer con las ventanas, que se resisten.

PAB_AMOR_VAMPIRICOIlustración: Pablo Ruíz Hernández

 

Este texto y la ilustración que lo acompaña fueron publicados en DXI Magazine el 5 de diciembre de 2017.

Delirio navideño

Otra vez se le ha olvidado meter el lápiz en el bolsillo. Resopla fastidiada mientras intenta, a duras penas y con el dedo índice de la mano derecha, rascarse ese punto de la espalda donde le roza la costura del disfraz. En pleno mes de diciembre, los termómetros marcan apenas 8º, pero en el interior de esa masa textil de cuatro dedos de grosor se podría cocer un huevo sin esfuerzo.

Consigue aliviar levemente su picor y recoloca rápidamente la maceta de felpa que le cubre medio cuerpo, estirando bien las piernas a través de los agujeros. Sus brazos pretenden ser las ramas de una flor de pascua y, a la altura de los hombros, cubriendo la cabeza, nace una enorme hoja de color rojo que se eleva hacia el cielo inclinándose levemente hacia la izquierda, lo cual la obliga a realizar constantemente un molesto contrapeso que le tiene martirizadas las cervicales. De los pies nacen raíces de fieltro que le dificultan el paso.

Vista desde fuera, esta planta andante resulta un adorno navideño muy eficaz; los niños que frecuentan a esa hora el centro comercial se cuelgan de sus brazos y la persiguen mientras ella da vueltas sobre sí misma en un baile que tiene como único objetivo quitárselos de encima.

Mira el reloj central; todavía le quedan cuatro horas dentro de ese artefacto de fieltro, lana y felpa. Se ajusta la hoja de la cabeza para mirar mejor a través de sus agujeros y busca un lugar no demasiado concurrido para detenerse un rato. Una rama de acebo y una campanilla de invierno pasan por su lado y le estiran los tirantes de la maceta antes de salir corriendo.

Es en ese momento cuando la ve.

Debe de tener más de ochenta años; la cara surcada de arrugas, el cabello blanco y desordenado, el cuerpo pequeño. Viste un abrigo naranja raído con las costuras oscurecidas por el uso. Permanece de pie mirando fijamente un cartel luminoso. Como si presintiera su presencia, señala el cartel y se dirige a ella sin ni siquiera girar la cabeza:

– ¡Qué cabrones…! nos han robado tres imperativos, uno de ellos reflexivo.

– ¿Cómo?

– Esta gente cree que puede robarnos las palabras y ponerlas ahí, donde les dé la gana: “compre”, “regale”, “pruébeselo”…¡¡¿cómo se atreven…?!!

El grito es tal que la flor se asusta, da un paso atrás y mira alrededor; teme que el encargado se enfade si la ve hablar con una clienta. Da la vuelta con cuidado para no tropezar con sus propias raíces y sigue caminando. La diminuta mujer da un salto y se coloca delante de ella, observándola desde abajo con los ojos brillantes; sigue sus pasos dando saltitos, con expresión de curiosidad creciente.

– ¡¡Una flor de pascua!! ¡Para, para!

– No puedo, tengo que trabajar.

– ¿En qué trabajas?

– Pues lo que ve…hago de planta, muevo los brazos, las ramas, quiero decir…o las hojas, ¡yo qué sé…!

Encuentra por fin una esquina poco transitada y se queda allí de pie; el calor empieza a ser insoportable y le pica la espalda de nuevo. La mujercilla no hace ningún gesto de querer abandonar el lugar, de hecho cada vez se la ve más cómoda con su interlocutora.

– Tú al menos respetas el lenguaje…de hecho, no hablas.

– ¿Para qué voy a hablar? Este sitio da asco, el mundo es un asco.

– El mundo…qué bella palabra. Mira, digo mundo y vienen detrás como enredadas vida, tierra…¿a ti no se te enredan las palabras…? Lo malo es que a veces se cuela una fea, no sé, resiliencia, y aparecen enganchadas sinergia, eminentemente…y ya ves, se te pone todo perdido.

La flor de pascua mira fijamente a este insólito personaje a través de los agujeros de la hoja de fieltro.

– Mire, tengo que trabajar y me van a llamar la atención. Además, no sé por qué le interesa tanto el lenguaje; las palabras casi siempre nos engañan.

– ¿Que nos engañan? niña, ellas no nos han hecho nada…si las pobres se dejan hacer como cachorritos…ya verás, dime tres.

– No sé…agua, techo, palo.

– No, tres palabras más complejas: algún sustantivo, vale, pero también verbos, no sé, adjetivos…

– A ver…correcta, complace…sonríe.

– ¡Equilicuá! Mira: sorrecta, corrace, somplace, corríe…¿no es maravilloso cómo se dejan combinar, cómo se juntan y se separan en un baile infinito…?

La diminuta señora da vueltas por el hall del centro comercial; por momentos se desliza como si patinara. La flor de pascua observa la escena y siente cómo se le dibuja una sonrisa debajo de la felpa roja; esta extraña mujer empieza a caerle bien.

La improvisada bailarina vuelve a su lado y exclama con entusiasmo:

– ¡Se van a enterar! ¡¡Ven conmigo y cúbreme!!

Se dirigen hacia el panel más próximo y, mientras la flor expande sus hojas lo máximo posible para taparla, la señora extrae de su bolsillo un spray negro y comienza a dibujar cruces sobre los mensajes publicitarios, mientras profiere expresiones como “os vais a fastidiar”, o “las palabras son nuestras, ladrones”.

– Señora, ¿y las imágenes? ¿no le parece que también son horribles?

– Niña, a pesar de lo que piensas, el mundo es bonito.

– Si el mundo fuera tan bonito yo no tendría que estar aquí adornándolo ¿no cree?

– Jajajajaja!! Pues tienes razón- empuña de nuevo el spray y pinta un círculo en la cara de un orondo Papa Noel- ¡esto va por ti, jajajajaja!

La flor ya da por perdido su empleo navideño, pero, contagiada por la energía de esta minúscula mujer, se relaja y disfruta del momento.

En el escaparate de enfrente, se puede leer “En navidad, los mejores descuentos para los mejores clientes”.

– Mira, flor, ¡una reiteración! ¡¡Vamos a quitársela!! Sale disparada, seguida torpemente por la maceta andante, y estampa sendas cruces negras en el pobre adjetivo reiterado, dejando la frase con sentido y corrección gramatical pero escasa eficacia si tenemos en cuenta la intencionalidad del mensaje y el contexto.

Siguen buscando por todo el recinto; la señora insiste en que le pareció leer un “le informamos que” en la entrada y no quiere irse sin eliminar esa aberración. Robar el lenguaje es horrible, pero dañarlo es ya demasiado.

– Mira, si fuera un simple lapsus calami lo dejaría, pero esto es crueldad.

No han encontrado todavía el queísmo cuando divisan tres figuras que se acercan a ellas. La silueta del medio es sustancialmente más corpulenta que el resto y parece vestir un uniforme oscuro. Flanquean su paso un hombre y una mujer de aspecto serio.

– Gracias, agente; es ella- el hombre coge el spray de la mano de la anciana y lo tira en una papelera- pásenme la factura de los destrozos.

– Tranquilo, Señor, serán simplemente los gastos de limpieza; me encargaré de que la empresa no presente cargos contra su madre teniendo en cuenta las circunstancias.

La mujer que los acompaña observa la escena con una expresión que combina vergüenza y severidad.

– Lo siento mucho, se debió escapar a la hora de la merienda.

– No es la primera vez que sucede, si no mejoran su seguridad tomaré cartas en el asunto.

Casi medio metro por debajo de ellos, una cabecita blanca mira hacia el suelo, la expresión pétrea. Parece que en un momento se le han caído encima diez años, enredados uno detrás de otro como se enredan las palabras.

El hombre apoya la mano sobre su hombro y la empuja levemente hacia el exterior. Nadie se dirige a la planta, clavada en medio del hall como si las raíces de felpa hubieran atravesado el suelo de mármol.

La visión a través del disfraz no es muy nítida, pero la flor jura que la señora se giró levemente antes de desaparecer con la comitiva y, tras guiñarle el ojo, levantó dos dedos en señal de victoria.

-Victoria…qué bonita. A ver…esperanza, alegría, merecer…

La flor de pascua sigue enredando palabras en medio del bullicio navideño; verbos y sustantivos revolotean a su alrededor como mariposas.

Relato publicado en el número especial de navidad de la revista Papenfuss.

Despedida

Toco un primer timbre y abre la puerta una niña de pelo corto; por su mirada, veo que tiene miedo y no quiero contárselo, es demasiado pequeña. Solo le cojo una galleta y la guardo en mi mochila.

Sigo calle abajo; atravieso pasadizos estrechos que huelen a plantas recién regadas, siento la cal fresca de las fachadas. La gente es amable y me saluda, se puede escuchar a lo lejos el sonido de una feria. Una niña con coletas me mira desde un balcón; está muy seria y se balancea sobre un burrito de peluche. “Me voy”, le digo. Ella abre los ojos como platos, “¿puedo ir contigo? me aburro.”

La siguiente calle que atravieso termina bruscamente en un solar; al lado, las vías, la pequeña estación de tren. Una joven con maleta espera en un banco, acompañada por sus padres. “Me voy a estudiar Derecho a la ciudad”, me dice. Saca de su bolsa un bocadillo y me da un trozo; lo guardo en mi mochila y le digo adiós con la mano. Siento un pinchazo en el estómago y sigo caminando.

Llego a una plaza llena de estudiantes, subo las escaleras de un piso compartido, me tropiezo con parejas besándose en los rincones, pruebo todas las bebidas que me ofrecen, bailo con quien quiere tomar mi mano, lloro de pena, de risa. A todos les digo que me voy, que mi viaje termina; brindan por mí con sus litronas.

Despierto dentro de una tienda de campaña en medio de la ciudad y sigo mi camino; me encuentro pancartas, tambores, me abro paso entre la multitud agitada, las sienes palpitando. Miro hacia atrás y me despido.

“¿Por qué no vivimos juntxs?” unos ojos redondos y verdipardos preguntan desde abajo a unas gafas gruesas, consternadas.“¿Habría alguna manera de sufrir menos…?” ahora dos chicas lloran en un piso, cogidas de la mano, no sabe cuántos pasos, minutos, años después.

– “Papá, ¿te preocupa la muerte?”

– “No pienso en cosas tétricas”.

Le vi morir cuatro días después; no pude despedirme. Lo hago ahora, guardo la Elegía de Miguel Hernández en la mochila y sigo caminando.

Las piernas me empiezan a doler y la mochila pesa; aún así visito alegrías, abrazo mucho, llegan piedras y las salto, otras veces caigo al suelo.

Un día como cualquier otro paro en un estanque y bebo agua fresca. Veo mi reflejo, respiro hondo, sonrío y, dejando así suficiente testimonio de vida, me dejo ir.

Este texto nació como propuesta del taller de escritura de Eva Fernández, “Autor-izar-nos”, en La Tetera.