Mir(í)ada

Era invierno y sucedía lo gris; a sus pies, remolino de plásticos y papeles sucios.

Entre la nube de polvo, pudo distinguir al desprecio acercarse lentamente. Acercó su mano hasta tocarlo, los ojos cerrados. Respiró hondo, sintió escarcha en sus pulmones y un sabor amargo en la garganta.

Separó por fin las pestañas y sostuvo su mirada. No sabría decir quién se rindió antes, solo que tras esperar con paciencia lo vio caer, rebotar en el suelo y colarse por una alcantarilla.

Más tarde, miró a la duda fijamente.

Contempló también el rechazo, lo tocó y pudo sentir su textura viscosa, y miró tanto y tan bien que lo podrido fue grieta de colores.

Al rato, la hiedra trepó por la burla, la abrazó y cesó de inmediato el olor metálico.

¿Y las palabras? “envidia”, “pus”, podría haber dicho. “Artefacto de cartón piedra”, “falacia”. Pero pronunció “libertad” y, colocando la punta de su lengua en el paladar, dejó caer lágrimas de alivio.

Pestañeó y sintió el abrazo del silencio; llegaron horas de paz y se pudo ver al lamento huyendo colina abajo.

Fue entonces cuando miró su imagen en un espejo y descubrió en sus ojos una enredadera de hojas brillantes, húmedas, con todos los tonos posibles del verde.

 

imagen4Imagen02Imágenes de Águeda Alvarruiz

Este texto y las imágenes que lo acompañan han sido publicados en la revista DXI Magazine nº 55, dedicado a la belleza.

Manifiesto para una deconstrucción controlada.

Conocemos lo que nos remueve por dentro, porque viene de siglos. Se nos hace pues necesario y urgente reconducirnos, romper inercias, pero también dejar de poner bombas en nuestras vidas cuya detonación no estemos preparadas para sostener.

Congeladas no nos servimos, tenemos que provocar el deshielo aceptando el agua caliente y disfrutando del proceso, pasar a estado líquido y chapotear en nosotras.

No nos queremos sufrientes, mujeres bola, pero tampoco víctimas de una felicidad impuesta que pagar a plazos. No queremos batallar en nuestro cuerpo las violencias que generamos a través del discurso, arrancándonos las capas con los dientes, con prisa y posmodernidad.

Primero el cuerpo, luego la idea; y que la palabra sea cuerpo y no un arma de la mente para autolesionarnos. Albergar las palabras en riñones, hígado, estómago. Palabras-estría, palabras-membrana, palabras-lágrima.

Texto creado en el taller de escritura colectiva “Autor-izarnos” facilitado por Eva Fernández.

Bouton Rouge

“Si pudieras apretar un botón rojo y que alguien desapareciera sin que hubiera consecuencias para ti…¿lo apretarías?” N.

 

– Odiar no es sano; ama en abundancia, sonríe. Elimina de tu vida las energías tóxicas, libérate.Tú no eres así, no se lo merecen, respira hondo.

– Odio a los pollaviejas que gobiernan el mundo y al sistema que les sostiene. No soporto a la gente que chilla, que se metan sus voces por donde les quepan; odio la falta de respeto, que no me tengan en cuenta, que piensen que la calle es suya. Odio las voces impostadamente graves de gilipollas oe oe, los grititos agudos imposibles y sostenidos. Ese niño es odioso.

– El odio es antiestético, no hay armonía en él. Es una trampa de la mente, una ilusión. Tía, ¿consumes odiáceos? no seas hater. Te pones fea cuando odias.

-No lo aguanto más…que pare ya de cortarme al hablar, de hacerse el gracioso, de utilizar ese tono de superioridad, de dejar el cepillo de dientes sucio en el baño. Odio que me quiera besar cuando duermo. Quiero que algo pase, que no dure, que se acabe…

-Para ya, ¿puedes odiar y comer a la vez? ¿y odiar y pensar? ¿puede ser el odio reflexivo? ¿odio ergo sum? ¿ergo non sum? Es odioso estar siempre tan enfadada, odiar cansa…¿qué dice Foucault sobre todo esto?

-Paso por delante de ese bar de viejos salidos; odio cómo me miran, sus conversaciones sobre fútbol, el humo de sus puros, la separación entre sus piernas, odio que sus mujeres estén haciendo la compra para ellos, que les laven los pañuelos de tela llenos de flema verde, los restos de piropos resecos.

-Mira, hasta la palabra es fea: dos globos oculares vacíos, desorbitados. Dos gónadas inflamadas, orejas de soplillo expectantes, oídos sordos que escoltan un imperativo: DI….¡¡DI!!

– Botón rojo. Pum.

 

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Witch Hate. Ilustración de Pablo Ruiz.

Este texto y la ilustración que lo acompaña fueron publicados en la revista DXI Magazine nº 53.

En el gimnasio

13-12-2017

Conversación con Trapecio Prominente:

TP: Buf, buf…¿cómo va la cosa?

Yo: Ahí va…3,4,5…

TP: Pues mientras vaya yendo es que va bien, ¿no?…buffffffffff….

Yo: Sí…6,7,8…

Tp: Eso es lo importante….aaargghhh…

Yo: Vamos a ver…9,10,11..

Y así, en bucle absurdo hasta la agujeta final.

22-11-2017

Al gimnasio viene una pareja hetero envuelta en ropa de marca, aspecto atlético y triunfador.

Cuando se cruzan por la sala se dan siempre un beso, a veces de tornillo, que él acompaña con una palmadita al culo de ella.

Yo, que padezco de pudor ajeno, agacho la cabeza y resoplo así, bajito. Intento no mirar, pero es que esto está lleno de espejos y es inevitable.

La cosa se complica cuando se lanzan miradas y gestos picarones desde sus respectivos aparatos; ella admira, los ojos muy abiertos; él aprueba con una sonrisita de lado. Y yo ya no sé dónde meterme.

Al principio pensaba que era un romance erótico-gimnástico, pero el otro día los pillé hablando de las hamburguesas de la cena, lo cual vino a corroborar mi sospecha: esta gente viene al gimnasio a exhibir pareja igual que exhiben abdominales.

A mí no me la pegan: yo a estas alturas ya sé que la única relación idílica que existe es la relación calidad-precio, pero reconozco que su aparente modelo de pareja es un producto muy valorado en el mercado, y ellos lo saben.

En un momento de delirio endorfínico mientras salto a la comba, me imagino que la pareja es un músculo que se les hipertrofia y salen de aquí sin cuello; que se les contractura su pasión de espejo, que se les llena de agujetas la normalidad…o al menos, que me dejan en paz, diosas.

18-10-2017

Que nada va a cambiar lo he sabido hoy haciendo mi tercera serie de dorsales en el gimnasio: ante mi asombro, esos acordes familiares de guitarra acústica, paz, su voz rotunda… ¡Tracy Chapman cantando Revolution song!

Por un momento, pensé que los mazas de al lado se iban a desintegrar como los malos de las películas y que un mundo nuevo iba a acontecer, pero entonces llegó la pesadilla.

Tras ocho segundos de canción, Tracy ha sido suspendida para dar lugar a una espantosa voz electrónica y la dulce guitarra ha mutado en una base rítmica machacona que nos ha devuelto en remix a la realidad, esa cosa.

6-8-2017

Conducir una bicicleta estática es ya de por sí curioso, pero cuando se te pone alguien al lado con ganas de hablar, ese pedaleo hacia ningún lugar puede ser terrorífico.

Ayer fue un individuo aparentemente pacífico; eso sí, a las tres frases me confesó que si le diagnostican una enfermedad terminal matará a todas las personas de una lista que está confeccionando (en su mayoría gestores públicos culturales, aviso por si los hay entre mis contactos).

Bajé la resistencia de mi bici para huir; no soy gestora cultural pero tampoco quiero ser cómplice de una matanza.

Casi me dejo las piernas, pero ya digo, con esos trastos no funciona…

24-5-2017

Varios tipos se ríen de un grupo de chicas que vienen maquilladas como si fueran a una boda, venga el churretón a los diez minutos en la elíptica. Incomprensible, sí.

Pero yo, con mi retorcida imaginación, a quien veo es a Sor Juana Inés de la Cruz (s. XVII), ahí detrás de la multipower, diciendo:

“Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis
(…)
Pues ¿para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.”

Qué sabia, Sor.

23-3-2017

Hoy la felicidad me ha sorprendido mientras saltaba a la comba en el gimnasio al ritmo de Guns N’Roses…

Conclusiones:

– El aumento de las endorfinas es inversamente proporcional al de la vergüenza.

– P. Coelho debe de hacer esto todos los días.

22-2-2017

Practicando la indiferencia láser:

-Trapecio prominente: hace calor, eh? Yo vengo siempre porque estoy separado, vivo solo-que es como mejor se está- y encima tengo un buen trabajo, ¿qué más quiero?

-Yo: 7, 8, 9…

-TP: la familia es que te quita mucho tiempo, ahora hago lo que quiero y no tengo que dar explicaciones a nadie.

-Yo: 10, 11, 12…

Orden del día

Alberto vive en la puerta ocho, cuarto piso, escalera derecha. Tiene entre sus manías, además de la higiene nasal nocturna o espiar a los carteros, el acercarse ostensiblemente a las personas al hablar, aspecto que Ricardo, vecino de la puerta contigua, conoce y odia, especialmente cuando se encuentran en lugares estrechos como el ascensor o el rellano.

Estas situaciones no son cómodas para ninguno de los dos, ya que Alberto, a su vez, no soporta de su vecino la costumbre que tiene de interrumpirle cuando conversan, de manera que rara vez puede articular una frase entera sin ser invadido por apostillas, reiteraciones o preguntas.

A pesar de sus fobias recíprocas, intentan mantener una relación cordial.

Ricardo no ha podido asistir a la última reunión de propietarios y aprovecha que su vecino entra en la finca para preguntarle por los aspectos más señalados. El primero comienza a ver invadido su espacio vital en el instante en que Alberto formula su respuesta:

– Pues la reunión fue bien, vino bastante gente, pero Dolores la del sexto se quejó de…

– Siempre se queja de todo, esa mujer es insoportable.

Alberto insiste, gesticulando a tres palmos de la nariz de Ricardo:

– Decía que se quejó de la música del vecino del quinto, que…

– Yo también la escucho desde mi casa.

– Por lo visto ya le pidió que insonorizara las paredes, porque…

-Sí, yo le recomendé una empresa especializada, de un amigo de mi cuñado.

Ricardo es incapaz de callarse pero siente claramente el aliento de su vecino y retrocede a cada frase. Esquiva como puede la puerta de la entrada y continúa dando pasos hacia atrás mientras Alberto intenta explicar el por qué de la queja de la Sra. Dolores.

Comprueba por el rabillo del ojo que el semáforo está en verde y continúa retrocediendo conforme Alberto se le acerca a su cara más y más. Ya ha perdido la cuenta de los pasos que lleva en su retroceso cuando ve a su izquierda un cartel: “Km. 4. Autovía de Teruel”. El panel luminoso indica que el tráfico es fluido. 19º.

– ¿Y dijo algo el de la puerta cuatro? pregunta Ricardo, temiendo la cercana respuesta de su vecino. Hace una cobra estirando el cuello hacia atrás, maniobra que no surte el efecto deseado ya que Alberto se inclina hacia él al tiempo que contesta:

– Sí, claro, ese chico está de alquiler pero viene siempre a las reuniones en vez del Sr. Martín, que…

– Ah, sí, el Sr. Martín está enfermo, creo.

– ¡Decía que viene siempre a las reuniones, porque el Sr. Martín no viene!

Ricardo se estremece ante el inesperado grito e intenta poner distancia con su emisor, lo cual le hace emprender la subida de una cuesta hacia atrás, seguido por el de la puerta 8, que resopla ostentosamente. Rebasan una señal: “Km 87. Cámping de Bronchales”. Por el camino sortean varias caravanas y un grupo de excursionistas jubilados.

– Por cierto, Alberto, ¿cómo ha quedado el asunto del ascensor?

– Tenemos que pagar 1.500€ por puerta, descontando lo aportado en la derrama de…

– ¿El del primero sigue sin querer pagar?

– Descontando la derrama del mes de febrero, que…

– A mí me parece que ese presupuesto era el más caro.

– ¡Del mes de febrero, que sobraron 2.000€!

Alberto acorrala a su vecino contra el plano de la sierra de Albarracín, km 108, haciendo huir a un turista danés, y le grita a dos centímetros de la nariz.

Ricardo siente cómo el cuerpo se le paraliza; un escalofrío le recorre la columna y piensa en gacelas capturadas, en el aliento del tiranosaurus rex. Su corazón parece querer salirse por la boca y las piernas le flaquean. Saca valor de donde puede y, separándose a duras penas de su vecino, formula una última pregunta:

– Alberto…¿insistió el Sr. Suárez en instalar la rampa de la entrada…?

Le da tiempo a observar cómo la cara de su interlocutor se acerca a cámara lenta a su nariz, rompiendo en mil pedazos su ya maltrecho espacio vital, cuando da un paso atrás y no encuentra suelo donde apoyarse.

Alberto continúa acercándose para contestar y se precipita con su vecino por la ladera de la montaña. Un listón clavado en el suelo indica 1540 m de altitud.

– Sí, parece que ya hemos pedido presupuesto para la rampa, pero…

– Me dijo el Sr. Suárez que su hija se ha casado.

– ¡Hemos pedido presupuesto para la rampa, pero todavía no lo han enviado!

Un grupo de senderistas encuentra al día siguiente los dos cuerpos junto a la señal “Yacimiento ibérico El Castellar. Km 203”, abrazados y serenos, según el informe forense.

Crónica

Sí, yo lo vi todo.

Intentaré contar lo que pasó:

Ella entró en el parque y se sentó a mi lado. No habían pasado ni cuatro segundos cuando su carro volcó; las bolsas de la compra que acababa de dejar en el suelo se desplazaron varios metros.

Delante de nosotras se fue formando un remolino de hojas y ramas arrancadas. En un momento dado tuve que agarrarme al banco con una mano; con la otra me protegía la cabeza, varios objetos volaban y amenazaban con caernos encima.

Enfrente, dos palmeras se inclinaron hasta chocar entre ellas y un hombre se sujetaba como podía a su tronco para no caer. Un contenedor volcó.

No recuerdo el tiempo que estuvimos así hasta que ese suspiro se fue agotando y volvió la calma.

Cuando todo el aire hubo salido de sus pulmones, ella se arregló un poco el pelo y se levantó pesada y lentamente, arrastrando el carro.

Al rato la volví a ver: hacía cola en la charcutería con dos nietos colgando de sus brazos y la misma mirada de cansancio.

Hay mujeres que suspiran huracanes mientras sostienen la vida. Y no las vemos.

Relato publicado en el especial 8M de la revista Papenfuss. 2019.

Luisa

Relato desarrollado en el Taller de escritura de Paco Inclán,  en el contexto de la exposición del Muvim sobre la riada de València de 1957.
“Está lloviendo, lloviendo,
se mojarán , mojarán
los zapatitos zapatos
del colorín colorán…”

 

A veces sucede; tres o cuatro gotas caen a la vez sobre el ventanal y, en su camino descendente, acaban uniéndose acelerando bruscamente su velocidad debido al peso.

Ella acompaña su trayecto con el dedo sobre el cristal empañado, trazando líneas torpes pero firmes, como lo fueron siempre su manera de caminar, sus decisiones.

-Mama, no se ponga tan cerca del ventanal, que hay mucha humedad. Marededéu…no para de llover.

– ¡Mira, iaia!El río arrastra una rama…¡mira, mira! ¡un árbol!.

Ella sonríe, los ojos húmedos. La nieta se sienta en sus rodillas y miran juntas el caudal hinchado.

-Iaia, ¿por qué está enfadado el río?

– No, el río no está enfadado; es ella, que se queja. Mira cariño, justo ahí abajo jugaba yo con Luisa.

– ¡Amparín! Deja a la iaia y vete a la cama. Usted también, mama, váyase a dormir y no le cuente historias raras a la niña.

Ay, ¿dónde se habrá metido Vicente…?

En la radio informan de la crecida que lleva el Turia a su paso por Pedralba, donde varias personas han sido ya arrastradas por el agua. En Valencia, los serenos avisan del peligro de acercarse al cauce del río durante las lluvias y han prohibido el trabajo cerca de las grandes acequias.

Ella sigue mirando por la ventana, su cuerpo oscila cada vez más rápido en la mecedora.

– Si no me tuvieran aquí encerrada bajaría a verla, como antes. Muy calladita estaba, tanto tiempo…hace ya ocho años que no se queja, y mira, ahora está enfadada.

¿Te acuerdas cuando nos escondíamos en la caseta, Luisa…?

-Iaia, ¿por qué hablas sola? ¿quién es Luisa?

– Mama, deje ya de decir tonterías. Nadie, niña, Luisa no existe, es la iaia que está cansada.

 

Luisa con los pies descalzos, el pelo muy corto por los piojos. Las dos niñas corren por los lados del río y juegan a subir cada una por un extremo del puente de madera para encontrarse a mitad del camino. Cuando están arriba se sienten más expuestas, sobre todo cuando las familias vestidas de domingo las observan con desprecio. Luisa devuelve siempre la mirada, desafiante; ella prefiere tirar de su brazo y volver rápidamente al lecho marrón, profundo a tramos, que las conoce y las protege. Una vez de vuelta buscan los matorrales del margen, los altos, y se tumban, como siempre, una sobre la otra.

 

– ¡Nostre señor! El pont de fusta…¡se va a romper!

Ella sigue moviéndose, excitada. Sus manos agarran fuertemente la mecedora y la impulsan hacia atrás y hacia delante; en el suelo crujen las baldosas sueltas.

– Dejadme bajar, quiero irme con Luisa, ya es la hora. Amparín, dile adiós a la iaia, que me voy.

– ¡Mama, si no se calla ya la encierro en la habitación! ¿No ve la desgracia que tenemos? El río se desborda y usted con sus delirios, mareándonos a todos. Amparín, no llores que la iaia no se va a ningún sitio. Señor…¡se ha roto el puente!

La madre coge a la niña y la lleva a su cuarto casi a rastras. Mientras, el marido entra en la casa y deja en el recibidor el paraguas y la chaqueta empapada; no así el gesto de preocupación, que le persigue como una nube mientras camina por el comedor.

– Ay Vicente, que dios nos ampare…

 

En el margen del río, dos chicas se esconden del resto en una caseta abandonada. Calor. Las manos de una, torpes pero firmes, acariciando la piel húmeda de la otra.

El padre de Luisa las encuentra; vienen golpes, gritos. Ella corre deprisa, escucha a su amiga defenderse, como siempre. Al final, un golpe seco y el sonido de un cuerpo cayendo al agua. Fue la última vez que la vio.

 

Por la madera hinchada del ventanal se filtra un pequeño reguero de agua, como si el río no tuviera suficiente con desbordar su cauce y decidiera rebosarlo todo; las puertas, las juntas, la memoria y sus cerrojos.

Ella se quita la zapatilla y mete el pie en el charquito que se ha formado. La angustia desaparece por un momento y sonríe mientras chapotea.

 

– Luisa, ¿tú crees que esto que hacemos es pecado?

– Seguro que sí. Luego vamos a la iglesia y ya está. Y de paso que nos den para una manzana de caramelo.

– ¿Y nos podremos casar igual?

– ¿Quieres casarte conmigo? Jajajaja

– No tonta, casarnos y tener hijos y todo eso.

– Yo no quiero, antes me matan.

– Qué bruta eres.

– Ven aquí…

 

Llaman a la puerta. Un corro de vecinos inquietos comparte las últimas noticias con preocupación; todos tienen familia y amigos en las zonas de huerta más expuestas. Ya hay cifras de las primeras víctimas, de las calles y edificios públicos inundados, los hospitales, donde el agua ha obligado a trasladar camas y enfermos.

A pocos metros, ajena al presente y sus urgencias, una mecedora vacía oscila lentamente.