Patio de luces II: Verbosidad fatal

¿Qué pasaría si T., la del 6ºA, tuviese la necesidad imperiosa de desarrollar cada detalle de sus explicaciones, de ramificar hasta la nausea la verbalización de sus pensamientos?

Son las siete de la mañana y T. se dirige a la cocina con el caminar torpe del amanecer, los ojos todavía medio cerrados. Pone la cafetera en el fuego y se sienta a esperar mientras mira los mensajes sin leer del teléfono. “A las 18h hay reunión de escalera” le informa M., la del 6ºC.

T. comienza a contestarle en un mensaje que reproducimos aquí por su importancia: “No podré asistir, tengo que ir al súper porque mi nevera está vacía, y es que ayer no fui al mercado central porque había quedado con mi amigo J. para que me devolviera un libro antes de irse a Irlanda con una beca que le han concedido justo en el momento en el que la empresa se lo ha quitado de encima con un ERE, el mismo en el que han despedido al chico nuevo de la farmacia, no la de la esquina, la de la otra manzana…”

La cafetera hace rato ya que ha cumplido su misión y amenaza con expulsar su interior con fuerza sobre la encimera; parece incluso que riñe a una impasible T., que no aparta los ojos de la pantalla, concentrada en contestar a la pregunta de su vecina con toda la información que esta, en su opinión, requiere.

¿Qué pasaría si M., por su parte, padeciese de fobia social y, careciendo además de la mínima asertividad, fuera incapaz de frenarla en su incontinencia explicativa?

10h a.m: T. y M. coinciden en el rellano de la escalera y protagonizan la conversación que a continuación se transcribe:

– Buenos días.

– Buenos días, T. ¿cómo estás?

– Bueno, diría que bien si no fuera por una cefalea que me tiene un poco fastidiada, no sé si tiene su origen en la falta de insonorización del piso de la nueva inquilina del séptimo, que pone muy fuerte la música a pesar de que la Sra. P, la del segundo, que fue presidenta del edificio en la época en que vinieron a hacer la revisión de la estructura por si había aluminosis en los pilares porque varios edificios de la zona habían dado positivo y que es el motivo por el que van a prohibir la edificación en terreno arenoso en el plan para los próximos veinte años…

M. puede ya sentir el escalofrío en la columna que precede al sudor frío, al temblor de piernas. Mira fijamente a ese dechado de información prescindible que es su vecina, sin saber qué hacer con toda esa amalgama de datos, con ese ir y venir del pasado al futuro vuelta y vuelta, mientras intenta formular una frase, una sencilla oración que le permita salir huyendo de una manera correcta, incluso amable, tal y como ha visto hacer a otros vecinos cuando se cruzan con T.

¿Qué pasaría si M. no consiguiera controlar su agresividad contenida y, presa del pánico, se viese obligada a cortar a T. de una manera, digamos, peculiar?

La inspectora del ayuntamiento que vino en esa ocasión resultó ser la cuñada del vecino del primero, no sé si tú vivías aquí cuando todavía estaba casado con la chica de la panadería de enfrente, no la nueva sino la de siempre, esa que tiene las empanadas tan buenas, que las hace la madre porque es gallega y se vino a vivir aquí cuando…”

Sequedad en la boca, contracciones en el estómago. La mente de M. sigue luchando por encontrar una combinación de palabras efectiva, suficiente, que la saque de esa situación.

Siente poco a poco un cosquilleo en la punta de los dedos que va ascendiendo por las manos, el antebrazo, los codos, dotando a sus extremidades de una energía desconocida, descomunal. Siente un alivio nunca experimentado al rodear con sus manos el cuello de T. y, con un ligero impulso, lanzarla por el hueco de la escalera.

Unos segundos antes de escuchar lo que con toda probabilidad es el choque de la cabeza de T. contra el suelo de la planta baja, puede llegar a escuchar un último detalle: “Recuerdo que aquella mujer gallega también tenía cefaleas porque en su pueblo había una mina de carbón que…”

Patio de luces I: “Mira, yo es que siempre digo lo que pienso”

Hay aseveraciones que identifican a su emisor más que el color de ojos o la altura, más que su propio nombre. Sentencias que anuncian su llegada, incluso que permanecen cuando la persona ya se ha ido, como un aroma dulzón.

Provocan a su vez un efecto particular en sus potenciales receptores: ojos abiertos hasta el límite, ausencia de pestañeo, desasosiego en el ceño. Incluso un leve temblor en la mandíbula.

Así sucede siempre con Pepa, la del 4º C: le basta con pronunciar ese conjunto de nueve palabras y una coma para provocar sunamis emocionales, cambios en las mareas y torrentes incontrolables.

– Tía, eres una lianta y lo que estás haciendo con tu hermana es impresentable.

– Joder, Pepa…

– Y ya de paso a ver si te tintas el pelo, que menuda raya llevas, carajo.

– Pepa, ya te vale…

– Mira, yo es que siempre digo lo que pienso.

Y ¡pum! Crecida de aguas, remolino de sinceridad, transparencia en caída libre.

¿Podría Pepa ser tachada de sincericida? ¿Alegaría ella en su defensa que se trata realmente de una inofensiva asertividad? Escuchémosla de nuevo, aprovechando que ha salido a la galería a fumar:

“Me cago en todo lo que se mueve, Carmen, tú lo que tienes que hacer es dejar de comer tanto bocadillo, que estás poniéndote fondona y luego te quejas de que no ligas. ¿Que qué? Que no, tía, que a Jose no le molas y además no me extraña.

Mira, yo es que siempre digo lo que pienso.”

Adiós a Carmen: segunda víctima de honestidad brutal en un solo día, daño colateral de sincericidio en grado sumo, derribo súbito.

¡¡Mira,- yo-es-que-siempre-digo-lo-que-pienso!!

En la ventana, en la parada del autobús, en la cima del Penyagolosa, después de un orgasmo.

Yosoyasismo cruel, descarnado, el de Pepa.

Orden del día

Alberto vive en la puerta ocho, cuarto piso, escalera derecha. Tiene entre sus manías, además de la higiene nasal nocturna o espiar a los carteros, el acercarse ostensiblemente a las personas al hablar, aspecto que Ricardo, vecino de la puerta contigua, conoce y odia, especialmente cuando se encuentran en lugares estrechos como el ascensor o el rellano.

Estas situaciones no son cómodas para ninguno de los dos, ya que Alberto, a su vez, no soporta de su vecino la costumbre que tiene de interrumpirle cuando conversan, de manera que rara vez puede articular una frase entera sin ser invadido por apostillas, reiteraciones o preguntas.

A pesar de sus fobias recíprocas, intentan mantener una relación cordial.

Ricardo no ha podido asistir a la última reunión de propietarios y aprovecha que su vecino entra en la finca para preguntarle por los aspectos más señalados. El primero comienza a ver invadido su espacio vital en el instante en que Alberto formula su respuesta:

– Pues la reunión fue bien, vino bastante gente, pero Dolores la del sexto se quejó de…

– Siempre se queja de todo, esa mujer es insoportable.

Alberto insiste, gesticulando a tres palmos de la nariz de Ricardo:

– Decía que se quejó de la música del vecino del quinto, que…

– Yo también la escucho desde mi casa.

– Por lo visto ya le pidió que insonorizara las paredes, porque…

-Sí, yo le recomendé una empresa especializada, de un amigo de mi cuñado.

Ricardo es incapaz de callarse pero siente claramente el aliento de su vecino y retrocede a cada frase. Esquiva como puede la puerta de la entrada y continúa dando pasos hacia atrás mientras Alberto intenta explicar el por qué de la queja de la Sra. Dolores.

Comprueba por el rabillo del ojo que el semáforo está en verde y continúa retrocediendo conforme Alberto se le acerca a su cara más y más. Ya ha perdido la cuenta de los pasos que lleva en su retroceso cuando ve a su izquierda un cartel: “Km. 4. Autovía de Teruel”. El panel luminoso indica que el tráfico es fluido. 19º.

– ¿Y dijo algo el de la puerta cuatro? pregunta Ricardo, temiendo la cercana respuesta de su vecino. Hace una cobra estirando el cuello hacia atrás, maniobra que no surte el efecto deseado ya que Alberto se inclina hacia él al tiempo que contesta:

– Sí, claro, ese chico está de alquiler pero viene siempre a las reuniones en vez del Sr. Martín, que…

– Ah, sí, el Sr. Martín está enfermo, creo.

– ¡Decía que viene siempre a las reuniones, porque el Sr. Martín no viene!

Ricardo se estremece ante el inesperado grito e intenta poner distancia con su emisor, lo cual le hace emprender la subida de una cuesta hacia atrás, seguido por el de la puerta 8, que resopla ostentosamente. Rebasan una señal: “Km 87. Cámping de Bronchales”. Por el camino sortean varias caravanas y un grupo de excursionistas jubilados.

– Por cierto, Alberto, ¿cómo ha quedado el asunto del ascensor?

– Tenemos que pagar 1.500€ por puerta, descontando lo aportado en la derrama de…

– ¿El del primero sigue sin querer pagar?

– Descontando la derrama del mes de febrero, que…

– A mí me parece que ese presupuesto era el más caro.

– ¡Del mes de febrero, que sobraron 2.000€!

Alberto acorrala a su vecino contra el plano de la sierra de Albarracín, km 108, haciendo huir a un turista danés, y le grita a dos centímetros de la nariz.

Ricardo siente cómo el cuerpo se le paraliza; un escalofrío le recorre la columna y piensa en gacelas capturadas, en el aliento del tiranosaurus rex. Su corazón parece querer salirse por la boca y las piernas le flaquean. Saca valor de donde puede y, separándose a duras penas de su vecino, formula una última pregunta:

– Alberto…¿insistió el Sr. Suárez en instalar la rampa de la entrada…?

Le da tiempo a observar cómo la cara de su interlocutor se acerca a cámara lenta a su nariz, rompiendo en mil pedazos su ya maltrecho espacio vital, cuando da un paso atrás y no encuentra suelo donde apoyarse.

Alberto continúa acercándose para contestar y se precipita con su vecino por la ladera de la montaña. Un listón clavado en el suelo indica 1540 m de altitud.

– Sí, parece que ya hemos pedido presupuesto para la rampa, pero…

– Me dijo el Sr. Suárez que su hija se ha casado.

– ¡Hemos pedido presupuesto para la rampa, pero todavía no lo han enviado!

Un grupo de senderistas encuentra al día siguiente los dos cuerpos junto a la señal “Yacimiento ibérico El Castellar. Km 203”, abrazados y serenos, según el informe forense.