Mir(í)ada

Era invierno y sucedía lo gris; a sus pies, remolino de plásticos y papeles sucios.

Entre la nube de polvo, pudo distinguir al desprecio acercarse lentamente. Acercó su mano hasta tocarlo, los ojos cerrados. Respiró hondo, sintió escarcha en sus pulmones y un sabor amargo en la garganta.

Separó por fin las pestañas y sostuvo su mirada. No sabría decir quién se rindió antes, solo que tras esperar con paciencia lo vio caer, rebotar en el suelo y colarse por una alcantarilla.

Más tarde, miró a la duda fijamente.

Contempló también el rechazo, lo tocó y pudo sentir su textura viscosa, y miró tanto y tan bien que lo podrido fue grieta de colores.

Al rato, la hiedra trepó por la burla, la abrazó y cesó de inmediato el olor metálico.

¿Y las palabras? “envidia”, “pus”, podría haber dicho. “Artefacto de cartón piedra”, “falacia”. Pero pronunció “libertad” y, colocando la punta de su lengua en el paladar, dejó caer lágrimas de alivio.

Pestañeó y sintió el abrazo del silencio; llegaron horas de paz y se pudo ver al lamento huyendo colina abajo.

Fue entonces cuando miró su imagen en un espejo y descubrió en sus ojos una enredadera de hojas brillantes, húmedas, con todos los tonos posibles del verde.

 

imagen4Imagen02Imágenes de Águeda Alvarruiz

Este texto y las imágenes que lo acompañan han sido publicados en la revista DXI Magazine nº 55, dedicado a la belleza.

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