Intentaré describir cómo sucedió todo. Espero que disculpen las imprecisiones y lagunas que mi relato pueda contener:
Eran las 12 del mediodía cuando ella entró en el parque por la puerta metálica, la que da a la avenida. Caminaba con dificultad, arrastrando un carro de la compra de color rojo de cuya asa colgaban varias bolsas de tela. Avanzó por la senda central, a la derecha del seto. Dejó atrás un par de bancos vacíos y acabó sentándose en el que yo estaba, al lado de la fuente. Me extrañó que eligiera el único que se encontraba ocupado, aunque quizá aquella mujer no fue consciente en ningún momento de mi presencia, así de opaca era su mirada. En todo caso, mi incomodidad dejó paso muy pronto a la sorpresa, porque no habían transcurrido ni cuatro segundos desde su llegada cuando delante de nosotras se fue formando un enorme remolino de hojas y ramas arrancadas. El carro volcó, derramando todo su contenido, y las bolsas que venían enganchadas a él se desplazaron varios metros. Yo mantenía los ojos entornados para protegerme de la nube de polvo que se estaba generando y mi visión por tanto era un poco confusa, pero juro que todo lo que estoy contando es cierto. En un momento dado tuve que agarrarme al banco con una mano; con la otra me protegía la cabeza, ya que algunos objetos amenazaban con caernos encima: botellas, latas, periódicos. Enfrente, dos palmeras se inclinaban hasta chocar entre ellas y un señor se tuvo que sujetar como pudo a una farola para no caer. No recuerdo el tiempo que estuvimos las dos sentadas en ese banco hasta que ese suspiro se fue agotando y volvió la calma. No lo duden y tomen nota: ese episodio que yo viví y que ustedes catalogan como fenómeno atmosférico no fue un huracán sino un suspiro, y es que hay mujeres que suspiran huracanes mientras sostienen la vida, eso es algo que aprendí ese día.
Cuando todo el aire hubo salido de sus pulmones, ella se peinó el cabello con las manos y se levantó lentamente, arrastrando de nuevo el carro. Una de las bolsas se quedó en el suelo y yo corrí para devolvérsela; fue la primera vez que pude mirarla a los ojos, y esto que voy a contar ahora quizá les sorprenda todavía más: cuando la tuve delante de mí, su mirada de cansancio se transformó en determinación y su rostro cambió; no sabría cómo explicarlo pero esa señora dejó de ser ella para ser otra, mucho más joven. Me tomó de la mano y el parque dejó a su vez de ser parque para convertirse en un bloque de edificios de un barrio empobrecido, lleno de gente gritando consignas. Nos abrimos paso entre la marea de personas y llegamos a la puerta de una de las viviendas. Un hombre cambiaba la cerradura flanqueado por dos policías. Al vernos llegar, uno de ellos extendió el brazo y mostró a mi acompañante una resolución del juzgado. La mujer la cogió, miró fijamente al policía y, sin soltarme en ningún momento de la mano, atravesó la puerta —la atravesamos, todavía no sé cómo—, y nos metimos en la casa.
Desde dentro de la vivienda se podía escuchar la protesta contra el desahucio, pero la mujer parecía no atender al ruido ni a la orden que le obligaba a abandonar su casa. Cerró las ventanas, dejó en la encimera de la cocina la carta y se puso a ordenar con calma los restos de lo que parecía un desayuno. Yo la miraba desde el centro del comedor, presa de un asombro que iba dejando paso a cierta fascinación, no lo voy a negar. Cuando terminó sus tareas preparó una infusión para las dos. Me ofreció una taza de té humeante, y al ir a cogerla pude observar cómo el agua se desbordaba del recipiente, cayendo al suelo y mojándonos los pies. Al momento, el líquido ya nos cubría los tobillos y los muebles empezaban a flotar a nuestro alrededor. Yo me asusté bastante y me subí a la mesa del comedor, pero ella no parecía alterarse, más bien lo contrario, puedo incluso asegurar que percibí alegría en su rostro.
Imagino que todo esto les estará pareciendo totalmente inverosímil, pero les diré que esa es una cualidad prescindible cuando la vida acontece delante de nuestras narices. Podemos elegirla, o no, según nos convenga, eso es algo que he descubierto con esta experiencia que intento narrarles. Continúo: desde encima de la mesa del comedor, convertida en balsa salvavidas, estiré el brazo para agarrar a la mujer, que chapoteaba tranquila por la sala inundada y, cuando conseguí alcanzarla, les aseguro que ya no era ella. Me explico, era ella pero más joven todavía. Mi compañera y causante de todos estos fenómenos se había convertido en una joven que reía con fuerza. La ayudé a subir a la mesa y, al agarrarla para que no cayera al agua, pude observar los hematomas que tenía en el brazo. Miré su cuello y allí también pude ver señales de violencia, marcas de heridas pasadas.
Ella se dio cuenta de mi asombro; sentí entonces cómo me presionaba la mano y me miraba con una extraña ternura. Hizo que nos sentáramos las dos en la mesa flotante y ese fue el momento en el que, por primera vez, escuché su voz. He tenido mis dudas sobre si debo o no contar aquí todo lo que esa mujer me dijo, pero después de meditarlo durante un tiempo he decidido hacerlo, díganme si no cómo podría transmitirles los múltiples tonos del dolor, los bordes ásperos de la culpa que con su relato iba ella describiendo. No hubiera podido compartir lo que aprendí en ese momento: que el dolor puede permanecer en el cuerpo como huella morada, pero la alegría puede ser más difícil de arrebatar que la libertad, la agencia, el criterio. Más difícil que el propio nombre. Y así, con esa revelación, continuamos encaramadas en nuestra embarcación improvisada y atravesamos la puerta de la casa, la plaza ya sin personas, las callejuelas del barrio. Pasamos por delante del juzgado y le pregunté si no quería denunciar al autor de los golpes, ese que disfrazó de amor el odio haciendo que esa palabra, amor, pasara a engrosar su lista de términos impronunciables. Me dijo que él ya entró en ese lugar para luego salir, y volver a entrar poco después y volver a salir, hasta que ella puso fin a esa danza gris que la estaba dejando sin piel, porque su alegría —esa de la que había hablado hacía un momento— merecía cuidado y atención y en ese lugar no podía dárselos. Eligió pues bailar, me dijo, y bailó encima de las leyes, de los políticos, de los hombres del bar que cada día la miraban con lástima. Bailó encima de palabras como “condescendencia”,“victimización”, hasta que su textura fue la del polvo y entonces sopló y desaparecieron, sin rozarla siquiera.
Nuestro paseo por las aguas continuó todavía un rato, en silencio, al tiempo que la tarde nos regalaba una puesta de sol deslumbrante. Con el último rayo la miré y vi en ella a la joven agredida, pero también, a la mujer expulsada de su casa, a la señora que suspiraba en el parque. Resulta muy complicado explicar aquí, no solo lo acontecido, sino las emociones que atravesaron mi cuerpo ese día, que ya no ha vuelto a ser el mismo.
Respiré hondo, cerré los ojos y al volver a abrirlos me encontré de nuevo en el banco del parque, ahí donde ustedes me encontraron pasada la medianoche. Hablo en singular, pero puedo asegurarles que yo ya no estaba sola en ese parque, que ya no estoy sola nunca. Que somos tantas que no cabemos en un formulario; esto quiero que conste en su informe.
Por mi parte, es todo lo que puedo contarles. En todo caso, no creo que de mi declaración se pueda extraer conclusión alguna sobre la naturaleza y origen de los acontecimientos de la pasada noche: el inexplicable vendaval, la inundación, las toneladas de decretos pisoteados. Al menos no la que ustedes querrían escuchar.

Imágenes de Águeda Alvarruiz