Sonja en Groenlandia II: Blanco

Estar sola es como ir en bicicleta, no se olvida; no te pases la vida entrenando.
Lorrie Moore

En Ilulissat no hay huecos.

Esas enormes hondonadas blancas de ahí abajo no son huecos; se pueden mantener así eternamente, sin rellenar. Podemos admirarlas y dejar que la mirada se pierda, relajada.
Un hueco en cambio lleva implícita su propia falta, la ausencia, llama a buscar algo que lo libere de su condición.

Eso que veis son vacíos. Preciosos vacíos. Imponentes nadas y orgullosos nadies que nos rodean y abrazan blancamente.

Un día, al poco de llegar, le pregunté a Kunuk “¿y cómo sabemos si nos falta algo?”. El viejo inuit levantó la cabeza de su tarea y me dijo que sólo a las ganas les importa eso; por si no lo sabéis, las ganas son seres que viven en la montaña y a veces bajan a por algo que meter en sus hatillos.

Le pregunté también si bajo la nieve hay amor y lo que buscan las ganas es llevarse un poco… ¿o estar aquí es no querer? Siempre sonríe cuando le hago varias preguntas seguidas. “¿tú no viniste a estar en paz?”, me dijo, y siguió cosiendo su red.

Y seguro que el pescador tiene razón: ¿podría algo superar a este blanco precioso? La compañía constante, esa disponibilidad inmediata y urgente que se nos reclama, ¿sería en algún caso mejor que esta calma?

Hace poco me visitó E.; ella nunca vio con buenos ojos mi decisión de venir:

– Sonja, en Groenlandia no hay caricias.
– Ya, pero a cambio no tengo a Cangrejito bu-bu, que pellizca el estómago y hace sufrir.
– Y entonces, ¿por qué rebuscas en la nieve? ¿qué es “A. 39. 72km”? ¿por qué le escribes?
– Para recibir mensajes y poder seguir viviendo aquí.
– ¿Es A. una de esas ganas que viven en la montaña?
– Debe de serlo.
– ¿Y tú?
– …

Me pregunto si buscar es como desear pero sin esperar nada a cambio; desear sin nombre, sin propósito. Quizá la búsqueda agota su sentido en sí misma; la búsqueda es una acción, el deseo es un estado.

En este momento un grupo de ganas baja por la ladera; escarban en la nieve con palos y cuando encuentran algo se alteran, giran sobre sí mismas, miran el hallazgo y lo meten en el saco nerviosas. Vuelven a sus escondrijos; parecen más felices de lo que llegaron.

Una pequeña avalancha de nieve tapa rápidamente los agujeros que han dejado en su búsqueda enloquecida.

Todo vuelve a ser blanco, imponentemente hermoso.

En Ilulissat no hay huecos.

 

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