Memorias de una jacaranda

“Volver a los diecisiete, después de vivir un siglo…”

Violeta Parra

La jacaranda es una planta foránea, de la familia de las bignoniáceas; en el jardín de Blasco Ibáñez hay varias.

¿Blasco Ibáñez…? ese jardín es uno de los primeros lugares que una estudiante de pueblo conoce cuando llega a vivir a Valencia. Es, literalmente, una grieta verde en medio de dos calzadas de cuatro carriles cada una, cuyas aceras albergan varias de las Facultades más concurridas.

Hay un hormigueo constante de estudiantes cruzando a uno y otro lado; a veces, paran en los bancos del jardín a comer algo, o se tiran en el césped en grupos coloridos y gritones.

A nuestro árbol también se le conoce como el jacarandá, pero el masculino agudo le aporta una gravedad que no merece.

La jacaranda asiente.

A veces, suceden cosas en el jardín.

Un día, Óscar habla en la asamblea. Es alto y delgado, y luce una discreta perilla. Su voz aflautada contrasta con la rotundidad del discurso que sostiene: brotan de su boca palabras como “claudicar”, “esbirros” o “coyuntura”. No, la acampada por el 0,7% no se levanta. Alboroto, aplausos, silbidos. Una brisa mece las copas de los árboles más altos y caen hojas marrones sobre el círculo de seres vibrantes. Otoño.

La jacaranda escucha, sonríe; suenan guitarras, tararea: “y va brotando, brotandó/ como el musguito en la piedrá”. Violeta también cambia la acentuación de las palabras. Piedrá. Jacarandá.

Ríe con ganas.

Otro día, un profesor cruza apresurado el jardín, camino a los aularios de la otra acera. Tiene el pelo gris y rizado, lleva un abrigo verde aceituna y un maletín oscuro. Apenas cinco minutos para el cambio de clase. Dos disparos y sangre que salpica a los árboles más cercanos, pasos que huyen corriendo.

El profesor cae y un charco rojo se mezcla con la tierra del jardín. ETA, resuena en las facultades. Sirenas, hormiguero inquieto.

La jacaranda se revuelve, caen hojas de susto.

Pero al jardín no solo le suceden cosas: también le suceden personas.

Así Alex, cara de pájaro con rastas rubias y ojos pequeños, le sucedió a la hierba, a la grava de los caminos, y el jardín nunca volvió a ser el mismo.

Ha migrado desde el norte de Europa y cada día se acerca a la jacaranda, acomoda sus alas, se posa en el césped y apoya la espalda en su tronco.

Si no conocéis cómo es el sol de invierno en Valencia le podéis preguntar a él; os contará cómo, de camino a otro lugar, paró a descansar en esta ciudad, le fascinó la luz filtrada por los álamos y se quedó un tiempo, emocionando a las raíces y llenando nuestra vida de poemas, ensaladas y risas. Un día voló de nuevo, y todavía nos estamos despidiendo.

También puede pasar que otro rato, Eva me mire fijamente y se acerque despacio. Y que el viento coloque un mechón de su pelo negro y rizado entre nosotras; risas, nervios. Hace meses que olfateamos el aire, nos buscamos y sabemos que lo necesario acabará sucediendo, que siempre lo hace.

Aparta su melena, se inclina y, esta vez sí, roza mis hojas, me acaricia las ramas, siento en el tronco su pecho, acelerado.

La jacaranda siente.

 

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