El pájaro entra en la cantina del instituto y se posa frente a mí en la mesa reservada a profesores. Pliega sus alas y, todavía inquieto, me mira fijamente. Nos mantenemos así unos segundos; él jugando a sacarme una sonrisa, yo confirmando que esa palabra, “asperger”, es demasiado fea para definirlo. El resto de la sala calla por un momento, cesa el griterío adolescente y el chasquido de bolsas. Mis compañeros nos observan con curiosidad.
Tomo mi café lentamente, evitando cualquier movimiento brusco que pueda espantarlo. Deslizo por la mesa un paquete de galletas. Él coge una y la mastica despacio, la mira, le da la vuelta. A continuación saca de su mochila una lata de refresco, introduce el dedo en la arandela, la arranca y la deja delante de mí.
– ¿Es un regalo, Iván?
– Sí, es un anillo de oro.
Sonrío. Nos sonreímos. Transcurrido un momento, él sacude levemente su cuerpo y echa a volar.