Sonja en Groenlandia I: Deshielo

Me gusta observar la cara de los turistas cuando prueban el mattak: la grasa de ballena se hincha rápidamente en la boca doblando casi su volumen y, por un instante, se puede ver la duda en sus ojos: escupir o tragar. La mayoría opta por lo segundo; casi siempre gana la convención frente al asco.

Kunuk, el viejo pescador inuit, ha tardado en acostumbrarse a ellos; el turismo en Groenlandia es reciente y está modificando nuestro paisaje. La mayoría viene a ver con sus propios ojos el deshielo, las consecuencias del cambio climático en el planeta, los últimos osos polares. Pagan bien a los oriundos para que les hagan de guías y portadores.

Yo no soy inuit, formo parte de la población extranjera que huyó de las ciudades y se instaló en los grandes fiordos. Vine a Ilulissat buscando un lugar donde no importara qué o quién soy: iceberg o caño helado; aurora boreal o sol de invierno.

Yo soy Sonja y, como este continente, también me deshielo.

Sí, esta tierra blanca me está deshaciendo suave y placenteramente. Intentaré explicar como sucede: cada cierto tiempo, siento un fuerte movimiento de placas en mi cuerpo que acaba provocando la caída de una dura capa de nieve. Al principio es bastante violento y siento cómo me abrasan los escasos rayos del sol nórdico, pero a los pocos días me acostumbro y lo disfruto: soy más ligera, más líquida, más alegre.

El primer alud lo sentí una mañana cantando a las piedras del lago, a media voz, cuidando como siempre de no importunar al silencio. Un crujido en mi estómago inició el derrumbe: décadas de costra helada, pudor revuelto entre un amasijo de ramas rotas cayendo al vacío no siendo, no importando.

Subí el volumen, varios pescadores me escuchaban desde sus barcas, sonrientes. Pude, por fin, dar mi voz al monte nevado; él me regaló una brisa que aún guardo.

Al tiempo llegó un segundo desprendimiento.

Desde el porche de mi casa solía ver pasar filas de excursionistas camino a los fiordos; siempre parecían familias unidas, pandillas de amigos, gente alegre y despreocupada; yo jugaba a imaginar de dónde vendrían, a qué cálidos hogares volverían, intentaba probarme por un rato su felicidad. De repente lo sentí: otra vez ese sonido de choque, el bramido de la nieve cayendo, la nube blanca llevándose la nostalgia, el anhelo dudando de sí mismo y dándose golpes contra las rocas.

Abrí los ojos, me estiré y salí al bosque: caminé durante todo el día y, por primera vez, regresé con los ojos secos.

Pero sin duda, la capa de hielo que más agradezco haber perdido es la tercera.

Fue en una noche blanca, polar. El mar estaba helado y yo miraba mi imagen desde la barca amarrada de Kunuk. Me vi, como siempre, borrosa, tal vez mayor, poco definida, insuficiente. Dudando con un ojo, juzgando con el otro. El ceño buscando aprobación y la frente insatisfecha.

De repente vino otra vez la sacudida: nieve en desbandada, toneladas de polvo blanco llenando huecos a través de canales interconectados, placas en quiebra, olas de blandura y vulnerabilidad. Mi propio juicio a la deriva, huyendo a carcajadas.

El viejo se dio cuenta y sonrió; esa noche, Kunuk me contó que el hielo siempre nos regala sorpresas al retirarse: los fiordos son glaciares que un día se fundieron, el buey almizclero encuentra comida en los escasos brotes verdes que el bosque esconde, su pueblo llegó hace siglos caminando gracias al único verano cálido en décadas.

Aprender del deshielo, deshacerse…algo generoso tiene esta tierra que, en su desaparición, se lleva detrás lo que nos hace daño.

Memorias de una jacaranda

“Volver a los diecisiete, después de vivir un siglo…”

Violeta Parra

La jacaranda es una planta foránea, de la familia de las bignoniáceas; en el jardín de Blasco Ibáñez hay varias.

¿Blasco Ibáñez…? ese jardín es uno de los primeros lugares que una estudiante de pueblo conoce cuando llega a vivir a Valencia. Es, literalmente, una grieta verde en medio de dos calzadas de cuatro carriles cada una, cuyas aceras albergan varias de las Facultades más concurridas.

Hay un hormigueo constante de estudiantes cruzando a uno y otro lado; a veces, paran en los bancos del jardín a comer algo, o se tiran en el césped en grupos coloridos y gritones.

A nuestro árbol también se le conoce como el jacarandá, pero el masculino agudo le aporta una gravedad que no merece.

La jacaranda asiente.

A veces, suceden cosas en el jardín.

Un día, Óscar habla en la asamblea. Es alto y delgado, y luce una discreta perilla. Su voz aflautada contrasta con la rotundidad del discurso que sostiene: brotan de su boca palabras como “claudicar”, “esbirros” o “coyuntura”. No, la acampada por el 0,7% no se levanta. Alboroto, aplausos, silbidos. Una brisa mece las copas de los árboles más altos y caen hojas marrones sobre el círculo de seres vibrantes. Otoño.

La jacaranda escucha, sonríe; suenan guitarras, tararea: “y va brotando, brotandó/ como el musguito en la piedrá”. Violeta también cambia la acentuación de las palabras. Piedrá. Jacarandá.

Ríe con ganas.

Otro día, un profesor cruza apresurado el jardín, camino a los aularios de la otra acera. Tiene el pelo gris y rizado, lleva un abrigo verde aceituna y un maletín oscuro. Apenas cinco minutos para el cambio de clase. Dos disparos y sangre que salpica a los árboles más cercanos, pasos que huyen corriendo.

El profesor cae y un charco rojo se mezcla con la tierra del jardín. ETA, resuena en las facultades. Sirenas, hormiguero inquieto.

La jacaranda se revuelve, caen hojas de susto.

Pero al jardín no solo le suceden cosas: también le suceden personas.

Así Alex, cara de pájaro con rastas rubias y ojos pequeños, le sucedió a la hierba, a la grava de los caminos, y el jardín nunca volvió a ser el mismo.

Ha migrado desde el norte de Europa y cada día se acerca a la jacaranda, acomoda sus alas, se posa en el césped y apoya la espalda en su tronco.

Si no conocéis cómo es el sol de invierno en Valencia le podéis preguntar a él; os contará cómo, de camino a otro lugar, paró a descansar en esta ciudad, le fascinó la luz filtrada por los álamos y se quedó un tiempo, emocionando a las raíces y llenando nuestra vida de poemas, ensaladas y risas. Un día voló de nuevo, y todavía nos estamos despidiendo.

También puede pasar que otro rato, Eva me mire fijamente y se acerque despacio. Y que el viento coloque un mechón de su pelo negro y rizado entre nosotras; risas, nervios. Hace meses que olfateamos el aire, nos buscamos y sabemos que lo necesario acabará sucediendo, que siempre lo hace.

Aparta su melena, se inclina y, esta vez sí, roza mis hojas, me acaricia las ramas, siento en el tronco su pecho, acelerado.

La jacaranda siente.

 

Fábula del no-final

Érase una vez un final que no quería acabar. Cada mañana al despertarse repetía el mismo lamento a quien se prestara a escucharle:

No hay mayor desgracia que haber nacido final: punto, abismo, fin de frase, y que tu misión en la vida te parezca espantosa. Los finales somos antipáticos, provocamos nudos en el estómago y angustia existencial; da lo mismo que seas colofón, miga en un plato, poso de café, fin de curso, The end, última aceituna, despedida en un andén… somos deprimentes y no tenemos remedio.

Lo bonito es poder ser inicio; contribuir a que las cosas comiencen… y empezar con ellas, qué placer desconocido.”

A veces intentaba animarse pensando en las falsas alarmas: es cierto que en ocasiones algo parece haber acabado y resulta que no, que vuelve a empezar, como cuando Porky aparecía en pantalla y pronunciaba aquel terrible “Esto es todo amigos…” pero a los tres segundos comenzaba otro episodio, alegrándonos el corazón.

Una tarde, siendo puesta de sol y preparándose para esconder al astro detrás de las montañas, escuchó una voz; parecía venir de un árbol.

Escucha amigo, todo lo que dices es cierto, pero ¿sabes? se puede ser final y principio a la vez; a veces aquello que acaba guarda la semilla de cosas mucho mejores, la vida lo sabe: plantas que mueren abonando el suelo, vendas que caen dejando ver la luz, ramas taladas que ríen, serpientes que mudan la piel, frutas maduras que se recogen liberando al árbol de su peso acumulado…

Además, ¿podrían existir los ciclos sin los finales? ¿no se toca con los dedos lo que empieza y lo que acaba y gira y llamamos vida a esa espiral? ¿es acaso triste el final de un llanto, el grito cuando acaba, un último día de fiebre?

Por cierto- le dijo riendo- ¿serán los puntos suspensivos varios puntos finales juntos que sostienen en colectivo lo que no sabemos hacer solos…?

No sé si te voy a convencer; los finales no os lleváis muy bien con nosotros, los optimismos. Nos tenéis un poco de ojeriza, pero es comprensible y sano que así sea, ¿no crees? :-)”

En ese momento el sol dio su último destello y se acurrucó en el horizonte. Un grillo empezó a cantar desde la rama de un árbol; se unieron muchos más y la noche llegó, fresca y poderosa.

Marina

La extinción del contrato por voluntad del empresario. Causas del despido disciplinario. Marina toma apuntes en su libreta y me mira desde su asiento con los ojos muy abiertos. En la lista de clase su nombre es Jose, para sus compañeros del ciclo de Mantenimiento electrónico es Jose, Jose pone en su DNI. La impugnación del despido; contenido y forma del finiquito. Ayer vino a hablar conmigo y me dijo que va a comenzar la hormonación en diciembre, y en dos años la operación de reasignación de sexo. Si quiero ya puedo llamarla Marina. El despido objetivo: causas y consecuencias; los Expedientes de Regulación de Empleo. Todavía no lo sabe nadie en el instituto; mañana se lo dirá al tutor y lo hará público en clase, y quiere que le ayude con la explicación. Miro al grupo, calibro el efecto que tendrá la noticia sobre esos veinteañeros con mono azul. Claro que lo haré. Nudo en el estómago. El Servicio de Mediación, Arbitraje y Conciliación. Los Juzgados de lo social. A mí lo que me nace es disuadirla de la operación, decirle que no va a ser menos mujer por conservar sus genitales, que no hace falta, que…La resolución del conflicto colectivo. El Tribunal de Arbitraje Laboral. Creo que Marina nota mi preocupación y me sonríe desde el fondo de la clase. Respiro hondo, me relajo, me alegro de poder estar ahí, acompañando, la vida colándose por la puerta del aula. Suena el timbre.

I need a hero

Temblor de piernas detrás del telón.

Cuesta imaginar que sean estas extremidades las se tengan que dirigir, a la señal de la directora, al centro del escenario justo en el lugar marcado y memorizado en los ensayos… pero sí: siento una leve palmadita en el hombro y mi cuerpo obedece mecánicamente.  Comienzo el movimiento.

“Déjate llevar por la música, siéntete ligera, fluye, sonríe mirando al frente”…consignas que cuesta obedecer en estos primeros momentos de pánico.

Simultáneamente, desde el otro extremo del escenario, se acercan Eva y Hari, desnudas también, dando pasos lentos al ritmo de los primeros acordes de una guitarra eléctrica familiar y evocadora. Su presencia me tranquiliza y entonces sí, mi cuerpo tenso se relaja y comienzo a sentir la madera del escenario en los pies, la brisa de la noche estival en la piel.

Las busco, nos cogemos de las manos, giramos. Alternamos movimientos individuales- brazos, cabeza, vueltas sobre nosotras mismas- con el baile en grupo, agarradas fuertemente, los dedos entrelazados. Nuestra danza es lenta, quizás pesada, pero no hay torpeza en estos huesos frágiles.

Conozco sus cuerpos casi como el mío: Hari, delgada, con un pecho casi infantil y ese aire siempre adolescente a pesar de las arrugas que ya surcan su rostro. Eva conserva su melena, que ha sido gris durante los últimos treinta años y ahora, blanca como el algodón, brilla bajo los focos del escenario.

Hemos aprendido a apreciar lo flácido, la suavidad de la piel que decidió apartarse del músculo, rendida ante la gravedad. La belleza de la carne que se voltea sobre ella misma, creando formas únicas como enormes huellas dactilares.

El volumen de la música es fuerte, la voz quebrada de una mujer se alza sobre esa batería sintetizada tan típica de los ochenta, pero no llega a tapar las risas infantiles que parecemos provocar, el sonido de las sillas arrastrándose en la plaza, personas levantándose indignadas, algunos silbidos, nuestra directora aplaudiendo desde el lateral, llorando y riendo a la vez.

Nos miramos las tres, sonreímos. Seguimos bailando, y giramos, giramos, giramos…

 

“CLASES DE BAILE PARA LA TERCERA EDAD”

El cartel es tan horrible que Hari, con un movimiento rápido, lo arranca de la puerta.

– ¡Tercera edad! Hay que ser capullos. Ahora nos llenarán el local de viejos…

– Hari, somos viejas.

-¿Nosotras…? No jodas, Eva…

Me acerco con la infusión; ellas ríen. Eva se ha colocado el cartel en la cabeza e intenta mantener el equilibrio con él. Hari imita un pasodoble con una pareja invisible, luego la coge de la cintura y bailan algo parecido al cha cha cha. Pasan rozando la mesa y están a punto de tirar la manzanilla al suelo. Doy un grito y se tiran encima de mí en el sofá. Hace veinte años esto se hubiera resuelto rápidamente; ahora nos cuesta desenredarnos y nos da la risa mientras suenan palabras como lumbago, ciática y sacroilíaca (Hari siempre ha sido muy precisa al nombrar el cuerpo).

No parece que la propuesta del Ayuntamiento haya sido bien acogida. Una nueva partida presupuestaria se empeña en acercar la danza a la población mayor de 65 años, pero los eufemismos paternalistas constituyen un atentado estético contra los pilares de nuestra asociación feminista y, con la misma fuerza, un ataque contra nuestro orgullo.

– Mira, y encima quieren hacer un festival de final de curso en la plaza del Carmen.

– A mí no me pillan.

– ¡Eh, el festival lo va a dirigir Empar Morales! Esa tía mola…

– Yo sólo bailo en esa plaza si es en bolas y con vosotras dos.

– ¡Una de Bonnie Tyler!

– Jajajajaja!! I need a hero!!

– A que no hay…

– A que sí.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Mais c’est un rêve…”

Tardé bastante tiempo en pronunciar la palabra “claustro”. También en comprender su significado; tuve siempre claro, eso sí, que cuando mis padres tenían uno, inevitablemente comíamos tarde.

Sigo sufriendo los claustros, ahora desde dentro, y puedo asegurar que continúan siendo sinónimo de hambre. También de inefable desasosiego.

Dos de la tarde; el equipo directivo en el estrado de tela gris, grises cortinas. Acoples de megafonía que destrozan el tímpano, ochenta traseros inquietos en sillas de brazo oxidadas.

La reacción bioquímica que mi cerebro experimenta en estos momentos me lleva a rozar la misantropía y el autoodio.

El director toma la palabra y habla para su camisa durante treinta largos minutos, durante los cuales suenan chascarrillos, resoplidos, toses, bufidos…

Inglés I se gira y le pregunta a Tecnología II si va a ver el partido de la tarde.

Literatura me pide que le pase a Matemáticas el móvil con las fotos de la graduación de su hija. Las comentan -vestidos, peinados…- a través de mí, que hago como que no escucho pero quiero morderles una mano.

El director sigue hablando para nadie; en la pantalla se proyectan quesos de colores con más cifras, esta vez de expedientes disciplinarios y medidas correctoras.

Miro alrededor, hago mis propias estadísticas e imagino los quesos resultantes: un 50% mira el móvil, un 40% habla, y el 10% restante parece atender. Este último grupo es el que más me inquieta.

Vuelvo a mirar el reloj: llevamos una hora y cuarto.

Los ojos se me cierran…

El reloj marca las 15.20h cuando empiezo a notar un leve cosquilleo en las piernas. Una fuerza desconocida me levanta del asiento y me conduce inevitablemente hacia el pasillo.

Sigo caminando y me dirijo hacia el estrado. Llego a la altura del director, que sigue comentando estadísticas sobre la implantación escalonada de programas plurilingües y le quito el micrófono.

Recalculo mentalmente mi propia estadística: ahora un 70% me mira en silencio, un 20% le dice algo al de al lado y un 10% mira el móvil.

Entonces, doy dos golpecitos al micro, un leve soplido, y empiezo:

“C’est presqu’ au bout du monde

ma barque vagabonde

errant au gré de l’onde

m’y conduisit un jour…”

Mis caderas se mueven lentamente a ritmo de tango-habanera mientras estiro la “u” de “jour” como lo haría Ute Lemper. Me preparo para las notas agudas del segundo “Youkali”, apretando el diafragma y cogiendo todo el aire que puedo.

Me reclino sobre la mesa para ofrecer más dramatismo y tiro sin querer el portátil de la jefa de estudios, que se levanta asustada dejándome sola con el secretario. El director sigue de pie con el puntero en la mano.

Mantenimiento electrónico y Recursos humanos II han empezado a bailar agarrados, creo que como venganza ante el eterno olvido de la FP.

El secretario balancea la cabeza con los ojos cerrados. Yo ataco el estribillo con emoción contenida: “Youkali, c’est le pays de nos désirs….Youkaaaaaaaaaali…c’est le bonheur, c’est le plaisir…”

Dos alumnos asoman la cabeza por la puerta y desenfundan el móvil. Automáticamente estoy en cuatro grupos de whatsapp de clase, tres del club de fútbol y cinco de padres y madres de la ESO. Tengo en un minuto más visitas que la Salchipapa de Leticia Sabater.

Se acerca el final de la canción y yo, familiarizada con el escenario, lo recorro a pasos amplios y seguros, preparándome para el salto de octava final con acabado en pianísimo. Lo ataco con solvencia.

Suenan aplausos.

Me sobresalta un codazo y abro los ojos: es mi compañero de departamento, que me mira divertido. La última vez se durmió él.

Todavía puedo ver en la pantalla la última diapositiva proyectada con el resultado de la encuesta sobre el programa de formación bianual; es gris, como las cortinas.

La junta directiva baja lentamente del estrado, la gente recoge sus cosas y se levanta con pesadez.

Tengo hambre.

El placer de des-nudarse

Lo intentó saboreando el café con leche caliente, la compota dulce y suave. Miró el juego de reflejos del sol sobre el lomo de la gata. Concentró la vista en la montaña, el verde intenso. Probó incluso con el canto de los pájaros, con la música…

Volvió a la cama con desánimo. De camino cogió un libro y leyó el relato Biografía de una mosca, de Millás.

Lo estaba acabando cuando el sol empezó a iluminar sus pies, que parecieron cobrar vida; sonrió. Se levantó y miró largamente su imagen en el espejo, el corazón bombeando. Dio tres vueltas por el pasillo, se estiró. Acarició a las gatas. Lloró larga y suavemente. Por fin, el nudo se había deshecho.