Luisa

Relato desarrollado en el Taller de escritura de Paco Inclán,  en el contexto de la exposición del Muvim sobre la riada de València de 1957.
“Está lloviendo, lloviendo,
se mojarán , mojarán
los zapatitos zapatos
del colorín colorán…”

 

A veces sucede; tres o cuatro gotas caen a la vez sobre el ventanal y, en su camino descendente, acaban uniéndose acelerando bruscamente su velocidad debido al peso.

Ella acompaña su trayecto con el dedo sobre el cristal empañado, trazando líneas torpes pero firmes, como lo fueron siempre su manera de caminar, sus decisiones.

-Mama, no se ponga tan cerca del ventanal, que hay mucha humedad. Marededéu…no para de llover.

– ¡Mira, iaia!El río arrastra una rama…¡mira, mira! ¡un árbol!.

Ella sonríe, los ojos húmedos. La nieta se sienta en sus rodillas y miran juntas el caudal hinchado.

-Iaia, ¿por qué está enfadado el río?

– No, el río no está enfadado; es ella, que se queja. Mira cariño, justo ahí abajo jugaba yo con Luisa.

– ¡Amparín! Deja a la iaia y vete a la cama. Usted también, mama, váyase a dormir y no le cuente historias raras a la niña.

Ay, ¿dónde se habrá metido Vicente…?

En la radio informan de la crecida que lleva el Turia a su paso por Pedralba, donde varias personas han sido ya arrastradas por el agua. En Valencia, los serenos avisan del peligro de acercarse al cauce del río durante las lluvias y han prohibido el trabajo cerca de las grandes acequias.

Ella sigue mirando por la ventana, su cuerpo oscila cada vez más rápido en la mecedora.

– Si no me tuvieran aquí encerrada bajaría a verla, como antes. Muy calladita estaba, tanto tiempo…hace ya ocho años que no se queja, y mira, ahora está enfadada.

¿Te acuerdas cuando nos escondíamos en la caseta, Luisa…?

-Iaia, ¿por qué hablas sola? ¿quién es Luisa?

– Mama, deje ya de decir tonterías. Nadie, niña, Luisa no existe, es la iaia que está cansada.

 

Luisa con los pies descalzos, el pelo muy corto por los piojos. Las dos niñas corren por los lados del río y juegan a subir cada una por un extremo del puente de madera para encontrarse a mitad del camino. Cuando están arriba se sienten más expuestas, sobre todo cuando las familias vestidas de domingo las observan con desprecio. Luisa devuelve siempre la mirada, desafiante; ella prefiere tirar de su brazo y volver rápidamente al lecho marrón, profundo a tramos, que las conoce y las protege. Una vez de vuelta buscan los matorrales del margen, los altos, y se tumban, como siempre, una sobre la otra.

 

– ¡Nostre señor! El pont de fusta…¡se va a romper!

Ella sigue moviéndose, excitada. Sus manos agarran fuertemente la mecedora y la impulsan hacia atrás y hacia delante; en el suelo crujen las baldosas sueltas.

– Dejadme bajar, quiero irme con Luisa, ya es la hora. Amparín, dile adiós a la iaia, que me voy.

– ¡Mama, si no se calla ya la encierro en la habitación! ¿No ve la desgracia que tenemos? El río se desborda y usted con sus delirios, mareándonos a todos. Amparín, no llores que la iaia no se va a ningún sitio. Señor…¡se ha roto el puente!

La madre coge a la niña y la lleva a su cuarto casi a rastras. Mientras, el marido entra en la casa y deja en el recibidor el paraguas y la chaqueta empapada; no así el gesto de preocupación, que le persigue como una nube mientras camina por el comedor.

– Ay Vicente, que dios nos ampare…

 

En el margen del río, dos chicas se esconden del resto en una caseta abandonada. Calor. Las manos de una, torpes pero firmes, acariciando la piel húmeda de la otra.

El padre de Luisa las encuentra; vienen golpes, gritos. Ella corre deprisa, escucha a su amiga defenderse, como siempre. Al final, un golpe seco y el sonido de un cuerpo cayendo al agua. Fue la última vez que la vio.

 

Por la madera hinchada del ventanal se filtra un pequeño reguero de agua, como si el río no tuviera suficiente con desbordar su cauce y decidiera rebosarlo todo; las puertas, las juntas, la memoria y sus cerrojos.

Ella se quita la zapatilla y mete el pie en el charquito que se ha formado. La angustia desaparece por un momento y sonríe mientras chapotea.

 

– Luisa, ¿tú crees que esto que hacemos es pecado?

– Seguro que sí. Luego vamos a la iglesia y ya está. Y de paso que nos den para una manzana de caramelo.

– ¿Y nos podremos casar igual?

– ¿Quieres casarte conmigo? Jajajaja

– No tonta, casarnos y tener hijos y todo eso.

– Yo no quiero, antes me matan.

– Qué bruta eres.

– Ven aquí…

 

Llaman a la puerta. Un corro de vecinos inquietos comparte las últimas noticias con preocupación; todos tienen familia y amigos en las zonas de huerta más expuestas. Ya hay cifras de las primeras víctimas, de las calles y edificios públicos inundados, los hospitales, donde el agua ha obligado a trasladar camas y enfermos.

A pocos metros, ajena al presente y sus urgencias, una mecedora vacía oscila lentamente.

 

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